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Definición de Revolución Francesa

Revolución FrancesaLa Revolución Francesa fue sin dudas uno de los acontecimientos políticos y sociales más importantes de la historia de la humanidad. Si bien se desarrolló en Francia y allí desencadenaría las grandes consecuencias en los mencionados órdenes social y político, sus efectos también se extendieron al resto del mundo.

Especialmente, en la Revolución Francesa, se enfrentaron dos idearios políticos, aquellos partidarios de la monarquía absoluta, que era la forma de gobierno en Francia en ese momento y por otro lado aquellos que se oponían a lo que ellos llamaban despectivamente el Antiguo Régimen y como tal debía ser eliminado por una propuesta más inclusiva.

Formalmente comenzó en el año 1789, con la auto declaración del tercer estado como Asamblea Nacional y finalizaría en el año 1799, diez años después, con el golpe de estado perpetrado por Napoléon Bonaporte. El tercer estado es el nombre que se le dio a la población que por aquellos años no disponía de los privilegios económicos y jurídicos que sí disponían los nobles y el alto clero, tal es el caso de los artesanos, campesinos, comerciantes, la plebe, la burguesía.

No es una rebelión, es una revolución” dicen que le espetó el duque de Rochefoucauld-Liancourt a Luís XVI al preguntar éste último por los acontecimientos que habían pasado el día anterior en la prisión de La Bastilla, en París. Lo que ambos no sospechaban es que se encontraban ante unos acontecimientos que serían de los más relevantes de la historia moderna.

La francesa ha sido sin lugar a dudas fuente de inspiración y moldeadora de las siguientes revoluciones, como la rusa de 1917 la cual, a su vez, también inspiraría otros movimientos revolucionarios como el cubano. De ahí su gran importancia, porque de una forma u otra ha marcado la faz mundial hasta el día de hoy.

La revolución francesa de 1789 fue un movimiento revolucionario popular que depuso al rey Luís XVI y la monarquía, para instaurar un gobierno republicano en Francia.

A posteriori, dicha revolución se caracterizará por los ataques recibidos por parte del resto de las monarquías europeas (horrorizadas por la ejecución de la familia real francesa), y su voluntad expansionista, consumiéndose a sí misma con el periodo llamado del Terror primero, y con la dictadura bonapartista a posteriori.

La causa de la revolución es una suma de factores sobradamente conocidos que conforman el germen de cultivo para el descontento del pueblo: opresión política, social y económica.

Francia estaba en bancarrota, una situación que quien padecía más era el pueblo, que veía, en cambio, como los nobles y la monarquía, seguían disfrutando de amplios privilegios y de una vida cómoda.

El conjunto de las causas es mucho más complejo, y a las citadas hasta ahora hay que añadirle las aportaciones de los ilustrados como los enciclopedistas, que minaron la creencia entre el pueblo sobre la monarquía de derecho divino.

La iglesia, alineada con la nobleza, también era causante del problema de la desafección del pueblo llano contra el soberano y la clase noble, y justamente por ello la revolución también apostaría por la laicización de la sociedad en contra de la voluntad de la iglesia.

La chispa que empezó a prender la mecha revolucionaria fue la convocatoria de los Estados Generales en 1789.

Esta asamblea, que contaba con representación de los tres principales estamentos de los que se componía la sociedad (iglesia, nobleza, burguesía), pero que dejaba fuera una gran parte de la población que era la menos pudiente, fue reunida para buscar una forma de atajar el problema del endeudamiento.

El sistema de voto era que a cada estamento le correspondía uno, esto es, uno a la iglesia, otro a la nobleza, y otro a la burguesía. Un poder inversamente proporcional al número de personas que conformaba cada estamento.

La propuesta a discutir por esta asamblea era un impuesto especial, que nobles y eclesiásticos buscarán eludir para que recaiga enteramente en el pueblo llano, gracias a su mayoría de votos (dos contra uno)

Los representantes del tercer estamento, la burguesía, vieron de qué iba la jugada, así que decidieron promover un cambio forzado de las reglas del juego y declarándose los verdaderos representantes de la nación, creando la Asamblea Nacional.

Luís XVI se cerró en banda a no reconocer dicha Asamblea, lo que no impidió que esta se reuniera en la sala de Jeu de Paume (en francés, juego de pelota) de Versalles. Fue ahí donde se proclamó la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, el precedente directo a nuestros actuales derechos humanos.

Ante el desafiamiento continuado de la Asamblea Nacional, el rey empezó a concentrar tropas a principio de julio de 1789 en las inmediaciones de París, mientras el ambiente se enrarecía por momentos.

La revolución estalló en su plenitud la noche del 14 de julio con el asalto a la prisión de la Bastilla.

Pese a la escasa importancia real del golpe, pues en dicha cárcel apenas debería haber una docena de presos comunes, su importancia simbólica fue tal que hizo que la situación se escapara de las manos de la corona, pues simbolizaba que el pueblo ya no tenía miedo, ni siquiera de morir luchando. Peor era morir de hambre.

La Bastilla era, además de prisión, una fortaleza desde la que se podía bombardear los barrios humildes de París, así que sus habitantes, dando por seguro el conflicto armado, prefirieron asestar el primer golpe a recibirlo. No había marcha atrás.

El rey todavía no estaba “fuera de juego”, y durante un tiempo, la monarquía y la Asamblea Nacional pugnaron por el poder.

En pueblos y ciudades por toda Francia, había autoridades que se declaraban fieles a la Asamblea (las que más), mientras otras seguían a la realeza (las que menos).

Luís XVI aceptaba algunos de los cambios propuestos por la Asamblea, mientras que otros no los aceptaba, pese a que eran aprobados por la Asamblea. El desencuentro seguía.

Los privilegios de la nobleza y el clero iban siendo eliminados progresivamente, en medio de un ambiente que derivaba, en algunos casos, en violencia.

Es por ello que algunos nobles pensaron que lo mejor sería poner tierra de por medio y salieron del país. Algunos de estos ya tenían la idea de pedir ayuda en el exterior para arrastrar a una intervención “sanitaria” de las demás potencias europeas.

En octubre de 1789 la familia real debía abandonar Versalles por su propia seguridad, siendo llevada al Palacia de las Tullerías, en París (donde actualmente se encuentra el Museo del Louvre).

Los siguientes meses continuaron enmedio de un clima de agitación revolucionaria y de conjuras antirrevolucionarias urdidas principalmente desde el exterior, mientras la Asamblea Nacional discutía la elaboración de una constitución para el país.

No viéndolo claro, el 20 de junio de 1791, el rey Luís XVI y su familia intentan huir de Francia, pero son apresados en Varennes y conducidos a París, donde el rey acató la constitución.

En 1792, Austria, Prusia y Gran Bretaña promovían lo que más adelante se conocería como Primera Coalición, un bloque que intentará, por vía militar, contener la revolución francesa y devolver a Luís XVI su poder como monarca absoluto.

El hecho de que la reina (Maria Antonieta) fuera austríaca y se la culpara del alto déficit del estado, y que las potencias extranjeras acudían al rescate de la monarquía, provocaron una nueva explosión popular que cristalizó en el asalto al Palacio de las Tullerías del 10 de agosto de 1792.

El rey quedaba preso, y se creaba un nuevo organismo para ejercer el poder, llamado Convención, de corte republicano. El nuevo parlamento elegido democráticamente abolía definitivamente la monarquía e instauraba la república en agosto de 1792.

En enero de 1793, la Convención condenaba a muerte al rey depuesto, Luís XVI.

La ejecución, por decapitación, del monarca, provocaba la rápida intervención de las potencias europeas lideradas por Prusia y Austria con el concurso británico y español.

El ataque exterior provocó el miedo contra la contrarrevolución interna, y se empezaron a dar purgas en la sociedad francesa, plantando la semilla del periodo que más adelante sería conocido como “el Terror”. El levantamiento de la Vendée, reprimido por la fuerza por la nueva república, es una buena muestra de cómo el ambiente interno se había degradado en Francia.

En este clima, el radical partido de los jacobinos, liderado por Maximilien de Robespierre toma el poder, iniciando un periodo de purgas conocido como El Terror.

El Terror se caracterizó por un clima generalizado de miedo -de ahí su nombre- y de delaciones, que muchas veces terminaban en la ejecución del imputado. Se estima que unas 50.000 personas sucumbieron en dicho periodo.

La popularidad de Robespierre y los jacobinos se iba erosionando, provocando un hastío similar al que había provocado el rey en el pueblo, en medio de una atmósfera opresiva. Este hastío explotó en julio de 1794 con otra revuelta popular que acabaría en la destitución de Robespierre.

Paradójicamente, el mismo líder de los jacobinos acabaría ejecutado en la guillotina, igual que muchas de sus víctimas.

El siguiente protagonista de la revolución, y con el que consideraremos que el proceso revolucionario termina formalmente: Napoleón Bonaparte.

Fogueado en las Guerras Revolucionarias, un joven Napoleón había ido escalando progresivamente peldaños en el escalafón militar. De familia tradicionalmente independentista corsa -el mismo Napoleón había acariciado el independentismo en su juventud-, se alinearía con los postulados jacobinos, lo que le acarrearía estar unos días preso a la caída de Robespierre (era amigo de su hermano).

No obstante, y tras tener que huir de Córcega, consigue gracias a sus amistades, el mando de diversas unidades, y se consagra en la campaña italiana de 1796/97 derrotando en varias batallas a las tropas austríacas (tenidas por aquel entonces como unas de las más poderosas de Europa), siempre en condiciones de inferioridad numérica y material.

También derrota a las tropas de los Estados Pontificios, y muestra una libertad de pensamiento y criterio que le hace desobedecer las órdenes del Directorio (que, por ejemplo, le habían ordenado conquistar Roma, una orden que Bonaparte desobedece) y ser muy querido por sus soldados, con quienes tiene una relación muy directa.

El 9 de noviembre de 1799 (18 de brumario del año VIII según el calendario revolucionario francés), Napoleón da un golpe de estado.

Los motivos esgrimidos son acabar con la corrupción del Directorio y dotar de estabilidad al gobierno. Bonaparte cuenta con un fuerte apoyo popular y del ejército.

Con cierta celeridad, el gobierno de Napoleón se irá tornando más personalista hasta ser proclamado emperador en 1804. Es con esta figura histórica tan importante que podemos dar por finalizada formalmente la revolución francesa, aunque sus ecos no se extinguirán incluso hasta nuestros días, más de dos siglos después.

Coincidiendo con este movimiento, se desarrollaría el movimiento de la Ilustración que proponía una andanada de nuevas ideas que especialmente se basaban en valores como la igualdad, la razón y la libertad, cuestiones que claro, coincidían como anillo al dedo con las demandas del tercer estado.

 
 
Autor: Guillem Alsina González | Sitio: Definición ABC | Fecha: noviembre. 2013 | URL: https://www.definicionabc.com/politica/revolucion-francesa.php
 
 

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