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Revolución Rumana de 1989 - Definición, Concepto y Qué es

Para quienes ya tenemos una cierta edad y vimos con plenitud de conciencia sobre lo que estaba pasando, la caída del Muro de Berlín, sin lugar a dudas una de las imágenes icónicas de todo lo que sucedió a lo largo de aquellos meses, y que fue un proceso que no sólo afectó a Alemania, fue la ejecución sumaria de Nicolae Ceaucescu.

La revolución rumana de 1989 fue el proceso revolucionario por el cual el pueblo abolió el régimen comunista establecido tras la Segunda Guerra Mundial y personificado por el dictador Nicolae Ceaucescu.

La toma del poder tuvo sus claroscuros, como veremos a continuación, por lo que, como en toda revolución, cabe preguntarse hasta qué punto realmente el pueblo tomó el poder.

El hastío generalizado de la población rumana contra el régimen venía, principalmente, de dos vectores: por una parte, la crisis económica que atenazaba a todos los países del este de Europa comunista y, por otro, la falta de libertades civiles.

Ceaucescu había ido endureciendo su política interior con el paso del tiempo, endureciendo la represión interior mientras su familia vivía envuelta en un lujo cada vez más obsceno. Si la mayoría de los rumanos vivía en condiciones de pobreza, él y los suyos malgastaban a manos llenas.

Otro añadido que enervaba a la ciudadanía rumana era la imposición de draconianas medidas económicas, destinadas a liquidar la deuda externa del país en unos años, pero que impedían el crecimiento y minaban el nivel de vida de los ciudadanos de a pié.

El “Conducator”, como se hacía llamar (en rumano significa “conductor”) había llegado a arrasar prácticamente toda la Bucarest histórica para convertir la ciudad en un monstruo a su medida, según sus deseos.

El aura de culto a la personalidad que impulsó Ceaucescu le hizo desconectarse de la realidad, creándose otra nueva, lo que la impidió ver hacia donde irían los acontecimientos y, por lo tanto, impedir su propia caída.

Fruto del hastío generalizado, y con noticias que llegaban por canales “alternativos” a los oficiales, la revuelta que iba a acabar con el régimen dió comienzo en Timisoara el 16 de diciembre de 1989.

La ciudad, situada al oeste del país cerca de las fronteras con Hungría y la antigua Yugoslavia, vió en el desalojo de un pastor luterano, una escalada de acontecimientos que llevó de la protesta original -la cual perdió su importancia- a una protesta anti-gobierno y anti-régimen comunista.

Los hechos escalaron rápidamente, y lo que era una protesta pacífica derivó en una lucha callejera de activistas contra las fuerzas de la policía local y la Securitate, la policía secreta política rumana.

Al día siguiente, y al continuar los disturbios, el régimen decidió que fuera el ejército el que se ocupara del problema. Craso error.

El ejército no es una “herramienta” para utilizar de forma sutil, y al atardecer del día 17, Timisoara parecía lo que era lógico tras una intervención militar: un campo de batalla.

Se habían utilizado blindados, se habían disparado tiros, había habido muertos, pero, sobretodo, los civiles se habían envalentonado y habían hecho frente a los militares. hay que estar muy desesperado y dispuesto a todo para enfrentarse, casi con las manos desnudas, a quien tiene fusiles. Y los ciudadanos rumanos lo estaban.

Tras dos días más de enfrentamientos, el 19 los obreros marchaban por la ciudad sumándose al movimiento anti-gubernamental, lo que convertía la protesta en una rebelión sin paliativos.

Sobre cien mil obreros plantaron cara al ejército y las fuerzas de seguridad, una cifra que a las fuerzas del régimen les era imposible manejar sin provocar un gran baño de sangre.

El mismo régimen, capitaneado por la esposa de Nicolae Ceaucescu, Elena (su marido estaba de gira diplomática en Irán) envió obreros de otras zonas del país, armados con garrotes, para enfrentarse a los obreros revoltados sin tener que recurrir al ejército, un tiro que les salió por la culata.

Persuadidos de que iban a enfrentarse a elementos violentos de la minoría húngara del país, que junto a incontrolados estaban haciendo peligrar la integridad territorial, los obreros recién llegados veían que lo que les habían dicho era mentira y que, ante ellos, tenían a otros semejantes con su mismo hastío por el régimen y sus mismas reclamaciones.

Siendo así, los obreros que iban llegando se sumaban a la revuelta, incrementando el número de los que clamaban por el fin de la dictadura de Ceaucescu en el país, y realizando llamamientos a los soldados para que se les unieran.

Viendo el cauce que tomaban los acontecimientos, Nicolae Ceaucescu volvió precipitadamente su gira por Irán para tomar las medidas necesarias para acabar con la revuelta.

Entre estas, el conducator quiso hacer un discurso en público desde el gran balcón de la sede central del Partido Comunista de Rumanía el 21 de diciembre. La imagen que se encontró, transmitida y repetida hasta la saciedad por televisión, fue la de un público contestatario que no le dejó hablar, le increpó, y lanzó consigna en favor de los amotinados de Timisoara.

La revolución no solamente se había extendido a Bucarest, sino que todo el país había visto que se le podía hacer frente al dictador y a su aparato represivo: en su intentona de discurso, anonadado, Ceaucescu tuvo que dejarlo a medias y tuvieron que hacerle entrar en el edificio por temor a algún intento de agresión física mediante lanzamiento de objetos, lo cual era hartamente difícil, pero no imposible.

Toda Rumanía, y el mundo, vieron el signo inequívoco del final del régimen, y la ciudadanía supo captar el mensaje y perdieron todo el miedo; aquella misma mañana empezaba la toma de Bucarest.

Fue en Timisoara, y luego se extendió a Bucarest, donde surgió el símbolo de aquella revolución: la bandera rumana con un corte en forma de círculo en medio, eliminando con ello el escudo comunista donde anteriormente había estado.

En la capital, se producían enfrentamientos entre los revolucionarios y el ejército apoyado por diversas unidades de la Securitate y policiales, una verdadera batalla callejera que las tropas parecían haber controlado durante la mañana del 22 de diciembre.

Nuevamente fueron las masas de obreros, venidos de los alrededores de Bucarest, quienes decantaron la situación.

Incapaces de contener la riada de manifestantes, las fuerzas armadas empezaron a descomponerse, y muchos soldados (a quien el régimen afectaba y desagradaba tanto como a aquellos a quienes debían reprimir) empezaron a sumarse al alzamiento y a organizarse para proteger a la muchedumbre.

La revuelta seguía los patrones claros de otros alzamientos populares, como la revolución francesa o la rusa, en la que en un momento dado, los soldados ven tan clara la situación, que deciden pasarse al bando de los que ven como vencedores, ya que la tropa también forma parte de las clases más desprotegidas (dejando de lado a los oficiales), y ven que no habrá represalias contra ellos ni sus familias ya que el régimen al que protegían hasta ahora va a caer.

Tras otro intento de discurso público que no pudo ni empezar, ceaucescu y su mujer se daban a la fuga, viendo perdida la situación.

La huida del dictador y su esposa fue facilitada por Víctor Stanculescu, a quien Ceaucescu había nombrado ministro de defensa. Los políticos próximos al dictador empezaban a pensar en sacrificarlo para mantenerse con vida.

Tras la huida, la multitud tomaba la sede del Partido Comunista y campaba a sus anchas por la ciudad, celebrando la victoria junto a los soldados, que ahora ya estaban de su parte. No obstante, y con tropas todavía leales al antiguo régimen, esto pronto degeneró en batallas urbanas que arrojarían, a lo largo de las siguientes horas y días, un balance de algunos muertos.

Tomaba el poder en Rumanía el Frente de Salvación Nacional (FSN), una organización nacida de destacados miembros del Partido Comunista que, no nos engañemos, intentaban salvar su piel.

Mientras todo esto ocurría, los Ceaucescu habían llegado en helicóptero hasta Tirgoviste, una ciudad situada en el centro del país, desde donde no pudieron continuar debido a que el espacio aéreo del país había sido cerrado. Allí, en Tirgoviste, fueron detenidos por la policía y conducidos a un cuartel militar.

El 25 de diciembre de 1989, día de Navidad, Nicolae Ceaucescu y su esposa Elena fueron juzgados, sentenciados a muerte, y la condena ejecutada, en una suerte de “juicio exprés” que dejó más preguntas abiertas de las que contestó.

La principal: ¿por qué esta rapidez? Antes he dicho que había que medir hasta qué punto la revolución fue realmente popular, y en la respuesta más probable a esta pregunta podemos hallar la causa de la duda.

En un juicio convencional, con sus tempos mucho más lentos, los Ceaucescu, tanto él como ella, habrían podido verter acusaciones sobre los dirigentes del FSN que habían sido miembros del antiguo régimen, lo cual, obviamente, no interesaba a estos.

Así que liquidar a los Ceaucescu de forma rápida equivalía no solamente a salvar la piel, sino también a poder tener un papel en el futuro político del país, y eso es posiblemente lo que pasó.

Las imágenes de los cadáveres de los Ceaucescu dieron la vuelta al mundo.

La transición desde gobiernos comunistas había sido pacífica en toda la Europa del este (todavía estaba por venir la desintegración violenta de Yugoslavia), siendo Rumanía el único país en el que dicho proceso prácticamente provocó una guerra civil.

 
 
 
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