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Definición de Prusia

Artífice de la unificación alemana, gran potencia militar que contribuyó a vencer a Napoleón, culpada de la Primera Guerra Mundial, y cuya sombra todavía se alargaría sobre la Segunda, Prusia fue una entidad estatal, hoy desaparecida, que influyó en la configuración del actual mapa europeo y cuyo nombre todavía hoy fascina.

Lo que hoy conocemos habitualmente con el nombre de Prusia es el Reino de Prusia que se remonta al siglo XVIII, pero que hunde sus raíces en la tribu báltica de los prusianos.

Estos habitaron la región desde el siglo II hasta el XVII, y no eran germanos. Sería a partir del siglo XIII, y en el marco de las cruzadas bálticas, que serían conquistados por la Orden Teutónica y cristianizados a la fuerza.

El reino teutón, establecido en los territorios que más adelante serían Prusia en 1224 y que llegaría a 1525, sería el precedente directo de lo que hoy conocemos históricamente como Prusia.

Fue durante dicho reino que las oleadas de inmigrantes germanos empezaron a desplazar a la población prusia de origen báltico oriunda de la zona.

Debido a sus conflictos con Polonia y las tribus bálticas, el reino de los teutones se expandió militarmente antes de entrar en decadencia, un proceso para el cual se toma la fecha de 1410, año en el que se libró la Batalla de Grunwald, que resultó en derrota teutona ante fuerzas combinadas polaco-lituanas.

Dividido el antiguo reino de los teutones, el territorio pasa por diversas fases y con diferentes denominaciones y control hasta llegar, en 1701, a la formación del Reino de Prusia, que será al que nos referimos habitualmente como, simplemente, Prusia.

En 1701, el que sería Federico I de Prusia, de la casa Hohenzollern, obtuvo permiso del emperador Leopoldo I del Sacro Imperio para coronarse Rey de Prusia, dando así comienzo al que sería el reino más influyente de los reinos germanos.

No era todavía una potencia, ni siquiera en ciernes, sino más bien al contrario, un territorio bastante pobre, pero que con el tiempo saldría adelante con una determinación que no conocería límites.

Berlín, futura capital de Alemania, lo era también desde época real del Reino de Prusia, pese a que todavía no era la gran capital europea que es hoy.

La derrota de Suecia en la Guerra del Norte a manos de varios países entre los que se encontraba Prusia, permitió al nuevo reino empezar a tener su espacio de influencia en el Báltico.

Suecia había sido la potencia hegemónica en la región hasta entonces, pero con su derrota en Poltava, iniciaba un camino de regresión que dejaba, a su vez, el camino libre para que otros reinos (entre los que se encontraba Prusia) ampliaran su espacio natural y ganaran mayor influencia.

Sería Federico II “el grande” quien, haciendo honor a su sobrenombre, hizo que Prusia empezara a brillar en el concierto internacional.

Federico II había accedido al trono prusiano en 1740, y el primer objetivo que se impuso fue ampliar territorios a costa de Austria, empezando por Silesia y un fallido intento de anexionarse Bohemia, aunque este último acarreó que Prusia ampliara algunos territorios.

El cénit del reinado de Federico II sería la Guerra de los Siete Años, el la cual Prusia se enfrentaría, en manifiesta inferioridad numérica, a las potencias de Austria, Rusia, Suecia y Francia.

Al borde de la derrota y la invasión varias veces, Prusia no sólo logró alcanzar el cénit en el campo de batalla, sino también en el apartado diplomático, apartando primero a Rusia de la contienda y después a Francia.

Con esto, el pequeño reino centroeuropeo, cada vez más crecido, se ganó el respeto de las potencias del viejo continente, empezando a ejercer una influencia creciente entre los reinos germanos.

bajo el mando de Federico II, Prusia también participó en la primera partición de Polonia junto a Austria y Rusia.

Federico Guillermo II, sobrino y heredero en el trono de Federico II, participó en dos particiones más del reino polaco, engrandeciendo así todavía más los dominios prusianos.

Otro momento clave de la historia prusiana fue su intervención contra Francia en las Guerras Revolucionarias primero, y en las Napoleónicas después.

En estas, Prusia empezó siendo derrotada, aunque a la postre se encontraría entre las naciones victoriosas que descalabraron definitivamente a Napoleón en Waterloo.

Prusia tuvo que aguantar la repartición de sus tierras, como las ganadas en las particiones de Polonia, que fueron cedidas por Napoleón al ducado de Varsovia, y la ocupación por parte de tropas galas, aunque continuó existiendo como reino.

No obstante, esa primera derrota fue un catalizador que permitió a los dirigentes prusianos captar la necesidad de reformar el estado.

Este fue un proceso que afectó a todas las capas sociales, desde el modelo de gestión pública, hasta la educación y, sobretodo, el ejército, con la introducción del servicio militar obligatorio.

La ciencia y la tecnología también fueron vistos como campos clave para garantizar la futura viabilidad del país y su enriquecimiento en todos los sentidos.

La oportunidad para Prusia de “devolver el golpe” a los galos surgió con la derrota militar de Napoleón en Rusia.

Tras la derrota del emperador francés, Prusia recuperó territorios perdidos e, incluso (y gracias a las habilidades negociadoras de los representantes prusianos en el congreso de Viena), pudo conseguir algunas ganancias entre los territorios germanos.

El reino también sería una de las voces más influyentes de la recién creada Confederación Germánica, entidad que existiría hasta la derrota austríaca en 1866 a manos, precisamente, de Prusia.

También podemos remontarnos al final de las Guerras Napoleónicas para buscar el origen de la voluntad, por parte de Prusia, de capitanear la unificación de Alemania en un solo estado.

Atomizada en pequeños reinos y estados, lo que ahora Alemania, junto a Austria (con la que comparte idioma con sus respectivas variantes dialectales, así como influencias políticas a lo largo de sus dilatadas historias), entendían que compartían un pasado común y una cultura, por lo que había un deseo de unificación política. Sólo cabía saber quien lo lideraría.

Junto a Prusia, Austria también deseaba liderar esta unificación.

Antes, la ola revolucionaria que sacudiría a Europa en 1848, también pasaría por Prusia, afectando por ejemplo a Berlín.

Pese a que las consecuencias de esta revolución sería atenuadas, también impactarían e influirían en la sociedad prusiana, dando como resultado un mayor apoyo popular al ideal de unificación germana.

En 1848 estalla también la Primera Guerra de Shleswig, uno de los dos ducados que Prusia se disputaba con Dinamarca, con una segunda contienda en 1864.

El hábil canciller Prusiano, Otto Von Bismarck, maniobró para recibir el apoyo de la Dieta de Francfort y de Austria en este enfrentamiento, repartiéndose ambos ducados implicados (el ya mencionado Schleswig para Prusia, y Holstein para Austria.

La posesión austríaca de Holstein sería el motivo para otro enfrentamiento militar, esta vez con Austria.

Como vencedora de este último, la llamada Guerra austro-prusiana, Prusia se deshacía de la corona austríaca por el control de Alemania, y ante ella sólo quedaba una amenaza: Francia.

La nueva Francia imperial, con Napoleón III a la cabeza, también tenía intereses en territorio germano y, más que eso, no deseaba ni que Austria ni que Prusia pudieran coronar la unificación germana para garantizar que no tendrían como vecino a un estado fuerte, lo cual podía constituir una amenaza a su seguridad (como efectivamente a la postre se demostraría).

El casus belli empleado fue la sucesión al trono de España.

Fue Francia quien declaró la guerra en julio de 1870, aunque la situación la produjo Bismarck manipulando la situación mediante el famoso “telegrama Ems”.

La campaña militar resultó desastrosa para las armas galas; más avanzados técnicamente, con un sistema de recluta más eficiente y una red ferroviaria muy desarrollada que les permitía movilizar las tropas con mayor rapidez, los prusianos pusieron más efectivos sobre el terreno, mientras Francia, que movilizaba menos hombres, dividió los suyos en tres cuerpos peligrosamente separados.

Pese a que el ejército francés tomó la iniciativa atacando suelo alemán, pronto las tornas se giraron, y fueron las tropas prusianas (apoyadas por las del resto de la confederación germánica) las que entraron en territorio francés para invadir el país.

En Sedán se decidió el destino de la guerra, con una batalla que sería favorable a las armas combinadas de Prusia y el resto de los estados alemanes.

Para mayor deshonra gala, el emperador Napoleón III caía prisionero de los alemanes, y pese a que en París se proclamaba la Tercera República Francesa y se intentaba la resistencia, todo era en vano.

La humillación máxima se produciría el 18 de enero de 1871, cuando el rey de Prusia, Guillermo I era proclamado emperador de Alemania (káiser) en la galería de los espejos del palacio de Versalles, una afrenta que los franceses no olvidarían durante muchas décadas.

Llegados a este punto, la historia de Prusia se difumina y se entremezcla y confunde con la de Alemania.

El nuevo estado hereda muchas de las características que marcaron la existencia prusiana, y pese a que Prusia, como entidad política, seguirá existiendo dentro de Alemania (como reino hasta 1918 y como estado hasta 1947), poco a poco la realidad prusiana se irá diluyendo en la realidad alemana.

Las pérdidas territoriales de la Primera Guerra Mundial primero, y de la Segunda después, llevarán territorios históricamente prusianos al estado polaco, contribuyendo con ello a diluir Prusia en Alemania.

Hoy en día no existe ninguna entidad política en Alemania que pueda considerarse heredera directa de Prusia. Berlín, la capital prusiana, es también la capital de Alemania.

Fotos: Fotolia - Juulijs / Orion_eff

 
 
 
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