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Definición de Primavera de los Pueblos

En 1968, una parte del mundo se revolucionó: París, México, Checoslovaquia,... La “epidemia” revolucionaria parecía no tener comparación, y sin embargo, 120 años antes, el mundo ya había visto un movimiento similar.

La llamada “Primavera de los pueblos” consistió en una serie de movimientos revolucionarios surgidos en Europa y, con especial virulencia en Francia y Alemania, nacidos al calor del nacionalismo, el incipiente movimiento obrero, y el cambio de régimen desde las monarquías absolutas a las democracias parlamentarias.

Las diversas revoluciones de 1848 fueron un episodio más de las demandas de mayores libertades y derechos de los ciudadanos que, en su base, eran las mismas demandas que llevaron a la revolución francesa y que no han dejado de forjar revoluciones de un signo u otro a lo largo de estos últimos siglos, aunque ese año fue especialmente virulento en tal aspecto, como una suerte de “sarampión”.

Para compararlo con algo mucho más contemporáneo, lo que se vivió con la Primavera Árabe hace unos años, fue similar a lo vivido en Europa en 1848.

La finalización en muchos países del proceso de revolución industrial dio como resultado el nacimiento de la clase obrera, además de profundas transformaciones con las que la sociedad debía lidiar.

A ello también deben sumársele diversos estallidos de cariz nacionalista, reclamación de la identidad de distintos pueblos.

Si bien algunas de estas revoluciones fueron aplastadas por las autoridades y acabaron fracasando, su fracaso no fue absoluto.

Esto es debido a que mostraron las debilidades de los antiguos regímenes absolutistas, y la voluntad del pueblo de obtener mejores condiciones y mayor libertad. Los cambios que originarían a la larga serían importantes y duraderos, y podríamos decir que el actual concepto del estado del bienestar les debe su existencia.

Pero cada una de estas revoluciones en cada uno de los lugares en los que ocurrieron merecen un análisis por separado, puesto que la casuística difiere ligeramente, aunque se inspiran unas a otras.

En Francia se produjo una de las revoluciones más exitosas, pues llevó a la abdicación del rey Luís Felipe I y la proclamación de la Segunda República.

Pese a que en aquel entonces y desde 1830, Francia era una monarquía constitucional, el bloqueo de reformas legales y sociales llevó al hastío a la población, que veía como su sociedad era controlada nuevamente por la nobleza y una parte de la élite burguesa, los nuevos empresarios surgidos al calor de la revolución industrial.

El retorno a los ideales republicanos de la Revolución Francesa de 1789 guió las protestas, que comenzaron debido a la anulación de un banquete en el que debían participar oficiales de la Guardia Nacional, y en el que se hablaría de política. Este y otros banquetes funcionaban a modo de reuniones políticas, puesto que el derecho de reunión había sido abolido.

La situación se descontroló rápidamente, y ante la orden de intervención del ejército, la Guardia Nacional (un cuerpo de reservistas) se puso del bando popular. Para calmar el descontento, el rey impulsó cambios como el del primer ministro.

No obstante, esto fue insuficiente, y la situación pronto degeneró en enfrentamientos armados con muertos. Las barricadas surgieron en muchas esquinas de París, y la muchedumbre, enfadada, empezó a fluir hacia el palacio de las Tullerías.

Ante la perspectiva de una guerra civil, el rey abdicó, se proclamó la república, y el nuevo gobierno accedió a conceder muchas de las demandas del pueblo.

Los nuevos medios de comunicación, como el telégrafo y la prensa escrita de masas, hicieron que la información sobre la revolución llegara a muchas partes del mundo, causando impacto. Y, tal vez, donde más impactó fue en Alemania y Austria.

Alemania estaba entonces muy fragmentada, una situación que llevaba siglos arrastrándose, pese a que existía un fuerte movimiento pangermanista que, en última instancia, llevaría a la unificación definitiva en 1870, aunque con Austria separada.

La cuestión entonces era quien lideraría dicho movimiento, con dos claras candidatas: Prusia y Austria. Fue el éxito de la primera el que apartó a la segunda del proyecto; si no hubiera sido así, hoy posiblemente tendríamos un único país con capital en Viena.

Aquí la revolución corrió desde mediados de 1848 hasta finales de 1849, y tuvo que ser aplastada por la fuerza entre Prusia y Austria.

No obstante, los alzamientos produjeron un profundo impacto en la sociedad alemana, lo que se tradujo en cambios políticos y sociales.

La mala situación económica de la masa obrera, no solamente dio impulso a las protestas, sino que, además colaboró a fortalecer las teorías políticas izquierdistas y engrosar sus filas.

Las revueltas empezaron en Dresde, en el Reino de Sajonia, siendo aplastadas por la fuerza por el gobierno. Esto obligó a sus líderes a exiliarse, entre ellos el compositor Richard Wagner, de ideas izquierdistas y que había prestado su apoyo a la revuelta.

De Sajonia, la revolución prendió como una mecha a Prusia y Austria.

En Berlín hubo un verdadero alzamiento, con barricadas en las calles al estilo parisino, mientras que en Viena la multitud irrumpió en la Dieta (el parlamento). En ambos casos, los manifestantes y revolucionarios fueron disueltos mediante el uso de las armas.

Baviera también caería presa de la oleada revolucionaria. Tanto aquí como en el resto de los estados de la Confederación Germánica, las monarquías absolutistas se vieron obligadas a hacer concesiones al pueblo.

Paralelamente, las regiones polacas en manos prusianas se levantaron en armas para tratar de conseguir la independencia, aunque no lo consiguieron.

Además del foco francés y germano, hubo también revueltas de cierta entidad en Italia y Rusia, e incluso algún episodio en España.

No obstante, estos han quedado más como unas solas líneas en los libros de historia a diferencia de los hechos principales, que se dieron en las calles de París, Dresde, Berlín y Viena.

 
 
 
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