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Definición de Primavera de Praga

Así como los conflictos nacionales para librarse de dictaduras de derechas amparadas por los Estados Unidos se dieron durante la Guerra Fría, también se dieron algunos episodios tras el telón de acero para librarse de la bota opresora de regímenes cercanos a la Unión Soviética. Esta es la historia de uno de los más conocidos.

La Primavera de Praga fue un intento de suavizar la dictadura comunista existente en la antigua Checoslovaquia, para presentar un rostro más “humano”, más democrático y preocupado por los problemas de los ciudadanos.

Este “experimento” sobre las teorías socialistas-comunistas duró desde enero hasta agosto de 1968, finalizando abruptamente con la intervención militar soviética para “reinstaurar el orden” (el suyo, claro), ante la inacción de los países occidentales (puesto que el país estaba en la órbita de influencia soviética).

Las reformas empezaron con la consecución del poder por parte de Alexander Dubček en enero de 1968.

Hasta la fecha, nada hacía pensar que la mente de este hombre ya maquinaba un tipo de socialismo más amable con la individualidad y menos propenso a actitudes dictatoriales que el que imperaba en la ortodoxia soviética, y menos todavía que llegaría a implementar un programa de cambios tras la invasión soviética de Hungría en 1956.

La doctrina implementada por Dubček fue bautizada como “socialismo de rostro humano”.

Dicha doctrina decía que el poder político continuaba en manos del partido único comunista, pero a la vez otorgaba un mayor grado de libertad política y de participación en las decisiones de forma directa a los ciudadanos.

Dicha participación (con la consecuente diversidad de opiniones) se realizaba a través de la estructura del partido comunista.

Junto a los cambios, hubo también una suerte de purga de los comunistas conservadores y tradicionalistas que preferían seguir la línea de Moscú.

Como es lógico, esta es una práctica necesaria si se quiere cimentar correctamente un cambio o revolución, apartar la ortodoxia que se mantiene fiel al estado de cosas anterior.

Las libertades de prensa y expresión, además de la de circulación, también fueron contempladas, lo que permitió empezar a realizar críticas al régimen y al partido comunista por primera vez de forma pública desde el establecimiento del gobierno comunista tras la Segunda Guerra Mundial.

También en esta época se establecía un estado federado de dos naciones históricas (Chequia y Eslovaquia).

Esta separación daría lugar a la disolución de Checoslovaquia en 1993 y la fundación de dos nuevos estados: República Checa, y Eslovaquia.

La economía también dio algunos pasos hacia el mercado de consumo y la iniciativa privada, aunque en sectores muy concretos y de forma limitada. No obstante, ello significaba un gran paso adelante respecto a la ortodoxia comunista que todavía reinaba en Moscú.

Con mucha posterioridad, Mijaíl Gorbachov reconocería la influencia que el socialismo con rostro humano había tenido en la Perestroika.

Pero eso pasaría dos décadas después. Y, en 1968, Moscú empezaba a ponerse nervioso con las reformas emprendidas por Dubček.

La posibilidad de una transición hacia un sistema democrático y una economía de mercado a largo plazo, puso nerviosa a la intelligentsia del PCUS en Moscú, que empezó a pergeñar la forma de acabar con estas reformas.

Habida cuenta de la experiencia húngara del 56, los responsables del programa del socialismo de rostro humano no criticaron en ningún momento a la URSS ni el sistema comunista, ni siquiera hicieron mención alguna de abandonar el Pacto de Varsovia (a diferencia de lo que habían hecho los húngaros en su revolución), pero aún así, no pudieron evitar el fin violento del nuevo orden a manos de la URSS y el resto de sus estados satélite de la Europa del este (con la excepción de Rumanía).

A ello también ayudó que las nuevas libertades fueran rápidamente aprovechadas por la población y los críticos con el sistema para demandar más todavía, ahondando con mayor rapidez en las reformas propuestas por el poder gubernamental. Esto llevó a una espiral en la que los cambios tomaban mayor velocidad.

El 20 de agosto de 1968, cerca de un cuarto de millón de soldados del Pacto de Varsovia respaldados por unos 2.000 tanques, penetraron por las fronteras checoslovacas, procediendo a la invasión del país y poniendo fín a la “primavera de Praga”.

La operación se llevó a cabo con tropas de la URSS, la RDA, Hungría (que había sufrido una invasión similar en 1956 y la purga de toda su cúpula dirigente), Polonia y Bulgaria. Rumanía no participó por desavenencias con la URSS, y Yugoslavia y Albania escapaban al control del Pacto de Varsovia.

Pese al llamamiento de Dubček de no resistencia armada al invasor, se produjeron tanto actos de resistencia no violenta, como algunas luchas armadas con los invasores.

Estas no fueron llevadas a cabo por el ejército checoslovaco, que había sido puesto en fuera de juego durante las primeras horas de la ocupación con la ayuda de militares y políticos checoslovacos fieles a Moscú.

Tal vez las imágenes icónicas de las protestas pacíficas contra la ocupación soviética fueron las de los estudiantes Jan Palach y Jan Zajíc quemándose al estilo bonzo en la famosa Plaza Wenceslao de Praga con un mes de diferencia entre ambos.

Dubček y el pueblo checoslovaco tendrían su revancha en 1989, gracias a la caída del Muro de Berlín y el bloque soviético.

En ese año, Dubček fue proclamado presidente del parlamento Checoslovaco. Con dos décadas de diferencia, el “socialismo de rostro humano” lo volvería a intentar, pero esta vez toparía con una dinámica de penetración de la economía capitalista que lo invadiría todo.

Dubček moría en 1992 sin ver su sueño plenamente realizado pero, al menos, había podido vivir su rehabilitación política y la apertura de su país.

Foto: Fotolia - kaprik

 
 
 
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