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Definición de Pearl Harbor

Roosevelt comunicaba en lo que se llamara como el “discurso de la infamia”, que los Estados Unidos fueron golpeados de manera dramática e intencional por fuerzas pertenecientes al Imperio de Japón. Lo realizó el día siguiente al ataque -que ocurriera en la mañana del 7 de diciembre de 1941-, exponiendo ante las dos cámaras del Congreso, reunidas en sesión única.

El ataque al que se refería era el sufrido por su país en Pearl Harbour (en castellano, Puerto Perla), la principal base marítima de los Estados Unidos en el Océano Pacífico, un ataque que desencadenaría una sucesión de acontecimientos que provocarían la entrada de los Estados Unidos de América en la Segunda Guerra Mundial del lado de los aliados.

El ataque del 7 de diciembre de 1941 sobre el enclave norteamericano de Pearl Harbour por parte de fuerzas aeronavales japonesas fue una acción con la cual los mandos nipones buscaban dar un golpe mortal al poderío naval estadounidense, zanjando un conflicto que se había estado dibujando desde la invasión japonesa de China.

Efectivamente, sin hacerlo abiertamente, los norteamericanos habían tomado partido por los chinos de varias formas, entre las que se incluía el envío de una fuerza aérea expedicionaria de voluntarios, los famosos “Tigres voladores”, que constituyeron la única fuerza capaz de plantar cara en los cielos a la aviación japonesa.

Otra forma de apoyo a los contendientes chinos -y que fue la que más dolió a Japón- consistió en el embargo de materias primas al país del sol naciente.

Japón tiene el problema de que carece de materias primas, por lo que debe ir a buscarlas a otros países (en parte, esto motivó también el expansionismo nipón). Privándole de petróleo, los estadounidenses dificultaban en gran medida los progresos del ejército imperial en tierras chinas.

La buena marcha de las demás potencias del eje en Europa fue otro de los factores que llevó a Japón a entablar una guerra con los Estados Unidos.

Pero ¿por qué Pearl Harbour? ¿Por qué Hawai? Pues la explicación la encontramos, casualmente, en una doctrina de guerra norteamericana que, para la época, ya hacía tiempo que los Estados Unidos habían dejado de considerar, pero que los mandos del ejército japonés (muchos de ellos educados militarmente en academias norteamericanas o por parte de profesores norteamericanos) todavía tenían como válida: la batalla definitiva.

Esta era simple: asestar un golpe que debía ser definitivo, terminando la guerra en aquel momento por agotamiento del enemigo. En la guerra ruso-japonesa les había funcionado (la batalla naval de Tsushima había sido un golpe demoledor para los rusos, que selló el destino de la guerra), y con Pearl Harbour esperaban que la terminara en el momento de comenzarla.

El alto mando nipón consideraba que el golpe desanimaría a los norteamericanos, a los que consideraban (al igual que Hitler) pusilánimes. Solo unas pocas voces se escucharon entre el alto mando japonés contra este plan, entre ellas la del almirante Nagumo, que fue casualmente quien tuvo que dirigir el ataque.

Mientras negociaban con los norteamericanos para conseguir que estos levantaran el embargo de materias primas a Japón, los japoneses se preparaban para la guerra. No obstante, Pearl Harbour no fue, exactamente, un ataque a traición, como se cree habitualmente.

Esta creencia se basa en que la declaración de guerra fue entregada por los japoneses a los norteamericanos una vez había empezado el bombardeo, cuando en realidad estaba previsto que se entregara media hora antes, una temporalización que no pudo ser seguida por un error.

La flota japonesa pasó inadvertida a los norteamericanos pese a su volumen.

Estaba conformada por seis portaaviones (los Akagi, Kaga, Hiryu, Soryu, Shokaku y Zuikaku) con sus correspondientes dotaciones de aviones, principalmente bombarderos en picado Aichi D3A (apodados “Val” por los aliados), bombarderos en picado/torpederos Nakajima B5N “Kate”, y cazas Mitsubishi A6M, los famosos “Zero”, uno de los aviones de combate más famosos del conflicto.

Además de estos portaaviones, la flota también incluía dos cruceros pesados, un crucero ligero, ocho destructores, y varios submarinos y otros buques de soporte.

El ataque pilló totalmente por sorpresa y desprevenidos a los norteamericanos.

Pese a los múltiples indicios de que iba a producirse, y que los norteamericanos habían descifrado los códigos japoneses, por problemas burocráticos esta información no llegó a oídos de los responsables de la base naval norteamericana en las Hawai.

Pese a que el radar estadounidense en la base captó los aviones japoneses, los operadores los confundieron por un grupo de bombarderos que volvían de una misión.

Los norteamericanos tuvieron la “suerte” de que sus tres portaaviones en el área se encontraran, en aquellos días, fuera del puerto de maniobras.

Esto, a su vez, alimentó la teoría de la conspiración de que Roosevelt conocía de antemano que el ataque iba a producirse, y que por ello había ordenado que salieran los portaaviones de maniobras para “salvarlos”, consciente de la importancia que tendrían a posteriori en el desarrollo de la guerra.

Nunca se han encontrado pruebas que apoyen esta teoría, pese a que sigue siendo uno de los temas recurrentes cuando se habla del ataque.

La fuerza de ataque tenía la misión de lanzar tres oleadas de ataques aéreos (la última sería desestimada).

Paralelamente, una serie de submarinos enanos tendrían la misión de penetrar las barreras del puerto y torpedear los barcos que no pudieran tocar los aviones. Esta parte de la misión fue un pequeño fracaso, porque solo uno de los submarinos logró entrar en el puerto (los demás se perdieron, incluso uno de sus tripulantes fue el primer prisionero nipón en manos americanas de la guerra), y el que logró su objetivo no salió tampoco bien parado, siendo hundido... a la carga por un destructor norteamericano.

La primera oleada fue devastadora; empezó a las 7:48 AM y se cebó en los acorazados. Una circunstancia que vemos perfectamente en el ejemplo del Arizona, que explotó llevándose consigo al fondo del mar prácticamente toda su dotación. El Oklahoma, volcado, se convirtió en otra masiva tumba marítima.

Además de estos, también se dejaron fuera de combate diversos barcos como destructores o auxiliares.

La segunda oleada se extendió también a los campos de aviación, destruyendo buena parte de la dotación aérea presente en la base.

Durante todo este tiempo, la resistencia norteamericana se limitó a las ametralladoras antiaéreas establecidas tanto en tierra como en los barcos, así como a un pequeño puñado de aviones, principalmente Curtiss P40 “Warhawk”.

Como he dicho antes, la tercera oleada fue cancelada por Nagumo, considerando tanto que los norteamericanos ya estaban sobre aviso (con lo cual habrían podido responder al ataque provocando graves pérdidas a los nipones), que ya se había provocado suficiente daño, y que su fuerza podía estar en peligro al entrar en el radio de acción de los bombarderos pesados norteamericanos, lo que daba lugar a un posible contraataque.

Nagumo sería posteriormente muy criticado por esta decisión. De haber sido realizada una tercera oleada que hubiera destruido las infraestructuras portuarias, probablemente la flota estadounidense en el Pacífico habría quedado mucho más dañada.

Una vez finalizado el ataque, el balance era estremecedor: dieciocho buques hundidos, más muchos otros tocados hasta tal punto que alguno no pudo volver al servicio activo hasta 1944.

Pearl Harbour fue un golpe de difícil encaje, que dejó estupefactos a los norteamericanos, pero que solamente despertó a la bestia;a partir de ahí, y tras unos meses de desconcierto y derrotas por no estar preparados, los Estados Unidos puso toda su potencia industrial y humana en el conflicto, y fue, junto a la URSS, la fuerza que permitió acabar con las potencias del Eje.

Fotos: Fotolia - Keith Tarrier

 
 
 
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