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Liberación de París (1944) - Definición, Concepto y Qué es

No deja de ser curioso que liberar París fuera algo muy secundario e, incluso, no deseado para las fuerzas aliadas, que se vieron forzadas a actuar por la revuelta popular y la posterior intervención de las tropas francesas para no dejar la capital gala abandonada a su suerte ante unos mandos alemanes que tenían la orden de arrasarla.

París no era un objetivo de las tropas aliadas en progresión hacia Alemania porque preferían que fueran los mandos germanos los encargados de alimentar la ciudad y encargarse de controlar su seguridad, divirtiendo tropas que, de esta forma, no se enfrentarían a los aliados en el frente, entretenidas en un objetivo que no tenía nada de estratégico.

No hubiera sido el único territorio ocupado por el Tercer Reich que quedaba en manos de este al finalizar la guerra; Dinamarca y Noruega se rindieron sin que allí se hubiera producido ningún combate entre tropas aliadas y del eje (en Noruega sí se produjeron al ser ocupada, pero no fue liberada, sino que las tropas allí estacionadas acataron la orden de rendición).

La estrategia aliada tras el desembarco de Normandía, y ya marcada de antemano, consistía en “correr” tan rápido como fuera posible hacia el río Rin para entrar en territorio alemán, avanzando en dirección a Berlín para forzar la rendición incondicional de Hitler, al que esperaban hacer ver que la derrota en la guerra era inapelable, y que sus tropas no podían hacer nada para evitarlo.

Dejar París a un lado significaba para las fuerzas aliadas no dar tiempo a la Wehrmacht para retirarse de Francia y recomponerse en la línea de defensa Sigfrido, que se encontraba ante la Maginot como respuesta a esta.

Además, alimentar a los millones de ciudadanos que poblaban la urbe y sus alrededores sería todo un quebradero de cabeza logístico que, sin duda, dejaría sin muchos recursos el frente, por lo tanto el alto mando aliado prefería que fuesen los ocupantes germanos quienes se ocuparan de la capital.

Ello, naturalmente, no agradaba a los franceses libres encabezados por De Gaulle, que veían en París un símbolo.

Hay que pensar que algunos aliados habían cuestionado el papel de la llamada Francia Libre en su bando, entendiendo que luchaban también contra la legítima Francia encarnada por el régimen de Vichy, sin reconocer el papel político de De Gaulle y los suyos.

Incluso cuando su papel político fue finalmente reconocido, los mismos mandos aliados discutieron su aportación militar, juzgándola en algunos casos como escasa y de poco valor, así como el papel que la Resistencia jugaba en las operaciones de todo tipo.

Con París liberada y en las manos de los que se consideraban legítimos representantes de Francia, De Gaulle y los suyos esperaban poder cambiar esa percepción en muchos aliados, facilitando que se sentaran a la mesa de negociación como iguales de las potencias británica y estadounidense, como así fue al fin.

Los mandos galos tomaron ejemplo de la sublevación ciudadana de Varsovia, y encargaron al general Pierre Koenig (francés, pese a su apellido de claro origen germano) que preparara una insurrección contra las tropas ocupantes en la ciudad, calculando que las tropas aliadas se verían obligadas a intervenir.

Pese a que el movimiento de la Resistencia carecía de muchos medios como comunicaciones o armamento, se mostró entusiasmado con la idea y trabajó rápidamente en el plan.

El 13 de agosto de 1944 empezó la insurrección en las calles de París, con los miembros del FFI (Fuerzas Francesas del Interior) rodeando, aislando y atacando los puntos clave del sistema de ocupación alemán de la ciudad de la luz.

Los alemanes resistieron a las primeras embestidas, pero más por salvar sus vidas que por convicción de poder mantener la ciudad. Pese a que se les anunció la llegada de refuerzos (Hitler había ordenado el envío de unidades de las Waffen SS), todas las unidades y tropas que tenían la posibilidad de evacuar, se marchaban de París, viendo que no podían controlar la situación, y que ello acabaría con su caída.

En estos momentos brilla la figura del cónsul sueco Raoul Nordling, que negoció una tregua entre la fuerzas germanas y los resistentes, asegurando que la Cruz Roja tenía acceso a los prisioneros de guerra, y de que la ciudad no era arrasada en cumplimiento de las órdenes de Hitler.

El Führer había ordenado al comandante alemán de la plaza, Dietrich von Choltitz, la destrucción total de la ciudad. Pese a que Hitler admiraba París desde su época artística (quería ser pintor, pero como tal era mediocre), quería humillar a los franceses, destruyendo todos los monumentos que destacaban en la ciudad, como la Torre Eiffel.

Según apuntan algunos historiadores, Nordling habría acabado de persuadir a un ya dubitativo Choltitz, quien no quería pasar a la historia como el hombre que destruyó París.

Mientras, en las afueras de la ciudad, el general Leclerc recibía órdenes de De Gaulle de avanzar sobre París para liberarla.

El comandante en jefe de la Francia Libre desobedecía así las órdenes de sus superiores aliados, en una maniobra calculada que tenía más de política que de militar.

Nuevamente, y mientras estas fuerzas avanzan hacia la capital, Nordlin hace de interfaz de comunicación entre los resistentes galos y el comandante Choltitz, pactando que se realizará una suerte de “combate de honor” para que los alemanes no se rindan sin luchar, y que tras esto los mandos alemanes rendirán la plaza.

El 23 de agosto, las fuerzas de la Francia Libre penetran en París, con escasa resistencia por parte alemana (algún francotirador desperdigado, algunos grupos, y algún vehículo blindado, más bien soldados que pugnan por conservar sus vidas). No obstante, en los primeros blindados no van franceses...

Quienes llegan a la plaza que hay delante del ayuntamiento de la ciudad son españoles republicanos veteranos de la Guerra Civil, cuyos vehículos han sido bautizados con nombres de célebres batallas de la contienda española.

Al grito de “París-Berlín-Barcelona-Madrid”, los republicanos españoles sueñan que, tras participar en la contienda junto a los aliados, estos acabarán penetrando a España por los Pirineos para liberar el país del régimen franquista, aliado de los nazis.

Los primeros ciudadanos franceses que van a recibir los blindados liberadoras reaccionan entre extrañados y decepcionados que sus liberadores no sean franceses.

El general Eisenhower, comandante en jefe de las tropas aliadas en Europa, finalmente se rinde a la evidencia y acepta mandar tropas en auxilio de los franceses y de París. El temido contraataque alemán no se producía, y París no seguiría el trágico destino de Varsovia, capital en la que sí se siguieron las órdenes de Hitler, devastándola hasta tal punto que a día de hoy no se encuentra ningún edificio en el centro de la ciudad anterior a 1945, aunque fue reconstruida.

Foto: Fotolia - lubbas

 
 
 
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