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Definición de Jenízaros

Hubo una época en la que la sola mención de su nombre provocaba el pavor entre sus enemigos y un respeto reverente (tampoco carente de miedo) entre los suyos. Fueron la unidad de élite por antonomasia del Imperio Otomano, y forman parte por derecho propio de la leyenda militar imperecedera de cualquier época.

El cuerpo de los Jenízaros era la infantería de élite del ejército otomano, soldados profesionales reclutados entre prisioneros no musulmanes.

El cuerpo fue creado en 1330 por el bey otomano Orhan I. Este monarca necesitaba una fuerza permanente y de gran calidad en el campo de batalla para proteger su incipiente imperio, que le diera la seguridad que no le daban los jefes tribales, de lealtad dudosa si el enemigo les pagaba mejor, y más dados también a cuestionar su poder.

La inspiración para ello podría haberle llegado a Orhan de los Mamelucos, una tropa conformada por turcos (entre otros pueblos) esclavos al servicio primero de Persia, y luego de Egipto a partir del siglo IX, y que en 1250 llegaron a establecer su propio sultanato.

La premisa de partida era la misma: tomar esclavos o prisioneros de guerra que no pertenecieran al pueblo que los formaba militarmente, y crear con ellos un cuerpo guerrero permanente y altamente capacitado, lo que vendrían a ser las actuales tropas de élite.

Los jenízaros no sustituían a las levas en tiempo de guerra, si no que las complementaban, conformando un cuerpo de combate que podía decidir una batalla interviniendo en un momento clave de esta.

La mayoría de los componentes de los jenízaros eran cristianos, bien fueran estos prisioneros de guerra, esclavos, o jóvenes de las regiones cristianas bajo dominio turco, especialmente en Europa (como los Balcanes).

Pese a que los jenízaros venían de esclavos y prisioneros, como tropa se les pagaba, y nada mal.

Es algo lógico: pensar que hombres adultos, armados, entrenados, y con una eficacia en combate superior al resto de la tropa, podrían ser sometidos bajo control si seguían siendo esclavos, hubiera sido poco menos que delirante.

Recompensándolos hasta el punto que no pocos se enriquecían y enriquecían también a sus familias, los mandatarios otomanos lograron dar prestigio al cuerpo y fomentar las vocaciones. Es por ello que la selección era también estricta para poder entrar en el cuerpo de los jenízaros.

Otro atractivo del servicio en los jenízaros era una instrucción cultural esmerada, que los llevaba a ser no solamente perfectas máquinas de luchar, si no también personas que podían moverse con libertad en entornos como la diplomacia internacional.

En una época que la educación era escasa y muy cara, que a uno le impartieran formación y, encima, le pagaran, era algo de auténtico lujo.

Pero, pese a sus privilegios, los jenízaros continuaban sin ser hombres libres; eran propiedad del sultán, y sufrían ciertas restricciones como la de movimiento o la de relacionarse libremente con el resto de la población turca.

El mismo cuerpo de jenízaros era su familia y, así, cuando fallecían, sus bienes pasaban al cuerpo.

Los jenízaros intervinieron en batallas como la toma de Constantinopla, los dos sitios de Viena, el sitio de Castelnuovo, o la de Lepanto, y aunque los turcos sufrieron derrotas, fueron artífices de la expansión del Imperio por el norte de África, el este de Europa, la Península Arábiga, y Oriente Medio.

Además de ser un cuerpo que marchaba con el ejército cuando este iba a combatir en algún lugar distante, el cuerpo de los jenízaros constituía también la guarnición de Constantinopla/Estambul.

Su poder aumentaba conforme el Imperio se expandía y se iba haciendo más fuerte, pero hacia el siglo XVI empezó un lento declive que los llevaría a su extinción.

Este declive vino, como ha sido históricamente habitual en las élites guerreras que se implican en el poder político, por su corrupción y laxitud, abandonando la férrea disciplina y la vida austera que los había hecho poderosos.

Llegó un momento en el que los jenízaros se dieron cuenta de que podían entronizar y derrocar sultanes, mientras que su gran poder, formación y agresividad en combate, hacían casi imposible para cualquiera organizar una resistencia que les plantara cara.

Así, empezaron a “exprimir” al sultán de turno y, a la vez, a venderse al mejor postor al trono a cambio de prebendas, riquezas, títulos y privilegios. También protagonizaron varias revueltas, las cuáles los gobernantes sólo podían atajar mediante la rendición ante sus peticiones.

Obviamente, quien tiene riqueza y privilegios, lo último que desea es jugárselos en un campo de batalla, así que los jenízaros empezaron a hacer dejadez de sus tareas militares y de su entrenamiento.

Su ferocidad y eficacia fue decayendo, a la par que el Imperio Otomano empezaba también a decaer.

En 1826, el sultán Mahmud II vio la oportunidad de disolver el cuerpo y así lo hizo.

Dos siglos antes, en 1622, Osman II ya lo había intentado, pero dicho intento acabó como el rosario de la aurora, con el sultán prisionero de los jenízaros para ser posteriormente asesinado.

Lo que hizo Mahmud II, una vez asegurado su poder, fue comunicar que quería reorganizar el ejército al modo europeo. Ante la previsible revuelta de los jenízaros, Mahmud se había preparado en secreto, y en el momento en que esta guardia avanzó sobre el palacio de Topkapi, los cañones dispararon contra sus cuarteles.

El cuerpo de jenízaros fue violentamente desbandado en medio de una lucha en las calles de Constantinopla.

Fue lo que se dió en llamar el “Incidente afortunado” curiosa denominación que no logra esconder lo que buscaba el sultán a sabiendas de lo que iba a pasar.

La que había comenzado como una casta guerrera de extraordinaria valía, acabó sus días cuesta abajo como una élite política corrupta, lo que, no obstante, no les quita su puesto en el panteón de grandes cuerpos armados de la historia.

No han sido los únicos cuyo lento declive ha venido marcado por la corrupción y la pérdida de valores, como ya lo fué la Guardia Pretoriana en Roma, o los Streltsy rusos.

Foto Fotolia: Mannaggia

 
 
 
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