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Imperio Austro-Húngaro - Definición, Concepto y Qué es

En su intrincada geografía humana, compuesta de varios pueblos unidos por la fuerza, encontramos la debilidad que lo llevó a su desaparición.

El Imperio Austro-Húngaro fue la entidad política heredera del Imperio Austríaco, resultante de un compromiso político entre las dos principales entidades poblacionales del antiguo Imperio Austríaco, y la voluntad de la monarquía de los Habsburgo de mantener sus dominios.

La clave de la transformación del Imperio Austríaco en el Austro-Húngaro, con la cesión de derechos a los húngaros que ello supuso, fue la derrota de las tropas austríacas ante las prusianas en la batalla de Sadowa, que ponía fin a la breve guerra austro-prusiana por la hegemonía en el proceso de unificación alemana.

Con Prusia liderando este, Austria se volcó en mantener sus dominios. Los pueblos sometidos (bohemios, croatas, italianos, rumanos, polacos, entre otros además de los húngaros) habían visto en la derrota austríaca a manos de los prusianos un debilidad para Austria, y habiendo ya sufrido el imperio varias revueltas, especialmente por parte de los húngaros, tanto las autoridades políticas como la monarquía empezaron a diseñar un plan de reforma.

Dicha reforma se concretizó en el llamado en el llamado “Compromiso” de 1867, del cual nacía la monarquía dual con una amplia autonomía para Hungría, con parlamento propio incluido.

De esta forma, Austria se centraba en sus dominios directos, dejando de lado la política de los estados alemanes, en la cual se había inmiscuido a la espera de poder liderar su futura unión. Ahora que Prusia había tomado este papel por la fuerza, el renovado Imperio ya como monarquía dual, prefería mantener una alianza estratégica con Alemania, lo que le permitía “jugar” en los Balcanes y contener a Rusia.

La “Triple Alianza” formada por ambos imperios e Italia en 1879 era una buena muestra de esta política de buena convivencia con sus vecinos más inmediatos y que le permitiera poder intervenir en los asuntos balcánicos.

Sería precisamente la injerencia austro-húngara en los Balcanes la que prendería la mecha de la Primera Guerra Mundial.

Y, con ella, el fin en 1918 del Imperio. Pero no adelantemos todavía acontecimientos.

Durante su existencia, el Imperio Austro-Húngaro fue un conjunto heterogéneo de culturas, lenguas e, incluso, “razas” (término que pido adoptar con precaución, pero que en la época se veía por muchos como tal).

Así, los pueblos eslavos como los Checos y los Eslovacos, o muchos de los súbditos balcánicos del Imperio, tendían a ver a austríacos y húngaros como “enemigos raciales”, y en el caso de los balcánicos, a Serbia y, en última instancia, a Rusia, como garantes de su futura existencia en una especie de “esfera de coprosperidad” eslava, si me permiten utilizar el término que Japón emplearía en los años 30 y 40 para justificar su guerra de conquista en Asia.

Las tensiones internas del Imperio serían explotadas por sus enemigos durante la Primera Guerra Mundial, alineando soldados de las minorías étnicas oprimidas dentro de este.

Todo el artificio que constituía el Imperio Austro-Húngaro implosionaría en 1918 con la derrota de los Imperios Centrales en la Primera Guerra Mundial.

Las diversas nacionalidades obtuvieron su independencia, como Checoslovaquia (estado en el que convivieron checos y eslovacos), Ucrania (en la efímera República Popular de Ucrania Occidental), Yugoslavia (o, más acertadamente, lo que constituiría más adelante Yugoslavia), Rumanía, y la devolución de minorías étnicas italianas y polacas a sus respectivos países, en el caso de Polonia también de reciente creación.

Con la muerte del Imperio Austro-Húngaro, nacía su idealización romántica como un intento de convivencia entre diferentes pueblos. No nos llevemos a engaño: fue un conjunto de pueblos, unos sometidos y otros más privilegiados, unidos solamente por el interés de una monarquía y una élite dominante, ya fuera austríaca o, posteriormente y con la consecución de la autonomía, también húngara, así como las élites colaboracionistas con el poder entre los pueblos subyugados.

Fotos: Fotolia - Yossarian6 / Juulijs

 
 
 
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