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Definición de Guerras Serviles

El ser humano sueña sistemáticamente con la libertad, y eso hace que la condición de esclavitud haya sido, también de forma sistemática, combatida por aquellos que han tenido que sufrirla.

Y entre quienes han luchado por la libertad de aquellos a quienes les había sido arrebatada, destacan con luz propia los protagonistas de las guerras serviles en la antigua Roma.

Las llamadas Guerras Serviles fueron tres grandes revueltas de esclavos que la República Romana tuvo que enfrentar.

Tanto en la época republicana como en la imperial, la maquinaria económica romana se engrasó con el sudor del trabajo esclavo; las continuas campañas militares aportaron al estado y, por lo tanto, a sus ciudadanos (aunque repartido de forma desigual), riquezas y un flujo continuo de trabajadores forzados, prisioneros de guerra y civiles de tribus y ciudades conquistadas.

Hasta tal punto fue grande la afluencia de esclavos, que en determinados momentos, casi hasta los romanos menos pudientes podían permitirse uno, y estaba casi mal visto quien no lo tenía.

Las condiciones de vida y trabajo de estos esclavos variaban en gran medida según quien fuera su amo.

No era lo mismo ir a trabajar a una mina de una contrata estatal, que ir a parar al servicio familiar de un noble pudiente.

Mientras que quien tenía la “suerte” (sin es que puede llamarse así) de conseguir este último destino, podía esperar un buen trato y una vida digna dentro de lo que cabía, y el respeto hacia su persona (hasta el punto que muchos esclavos domésticos acababan siendo liberados por sus amos, convirtiéndose en lo que se llamaba libertos), quien iba destinado a una mica se enfrentaba a una corta esperanza de vida sufriendo unas condiciones de trabajo dantescas.

Obviamente, las revueltas eran protagonizadas por los esclavos a quienes el destino había deparado los peores puestos.

La Primera Guerra Servil empezó en el 135 a.C, y fue un conflicto restringido a la isla de Sicilia.

Esto, para los romanos, no era un problema menor, pues en aquel momento, la isla era uno de los principales graneros de una república en expansión, lo que significaba no solamente alimentar a una urbe sobredimensionada como Roma, sino alimentar a pueblos y ciudades a lo largo de un vasto territorio.

Fueron precisamente los esclavos que cultivaban los campos quienes iniciaron la revuelta, hastiados de un trato degradante con excesiva carga de trabajo, y una alimentación insuficiente mientras sus amos acumulaban riquezas.

El instigador de la revuelta fue Eunoo, un esclavo que afirmaba poseer dones proféticos. Para hacernos una idea de la cantidad de esclavos existentes en la isla de Sicilia, diremos que Eunoo fue capaz de convocar a 200.000 almas, incluyendo a hombres, mujeres y niños.

Los rebeldes practicaron una guerra de guerrillas, con pequeñas escaramuzas que favorecían sus tácticas e inferior capacidad en batallas campales a campo abierto.

Según los historiadores, parece ser que Eunoo no poseía conocimientos militares suficientes, y que el artífice de la victoria de los revoltados fue su lugarteniente Cleón.

Roma puso punto y final a la rebelión desembarcando, en el 132 a.C. un ejército de 70.000 efectivos. Cleón murió luchando y Eunoo fue capturado.

Sicilia repitió como escenario para la Segunda Guerra Servil, que empezó en el 104 a.C. y se extendió a lo largo de los siguientes cuatro años.

El líder, un esclavo llamado Salvio, adoptó el nombre de batalla de Trifón, consiguiendo levantar a 20.000 soldados de infantería y 2.000 de caballería, una fuerza considerable homologable en efectivos, aproximadamente, a una legión romana.

No obstante, y siguiendo la pauta habitual en las guerras de la antigüedad, las victorias iniciales de los rebeldes hicieron que este número de combatientes aumentara, y que en algunos momentos llegara a sumar 60.000 tropas.

Los romanos, por su parte, pusieron en el empeño para acabar con el conflicto hasta 50.000 soldados.

En batalla campal, los rebeldes fueron derrotados, y los restos de esta tropa se refugiaron en la ciudad de Triocala, que habían capturado, en la cual fueron sitiados por los romanos, que se dedicaron a su “caza y captura” hasta vencerlos completamente.

Ni que sea por el film dedicado a su líder, Espartaco, la Tercera Guerra Servil es actualmente la más conocida.

Cambio de escenario para el único de los tres conflictos que realmente puso en jaque a Roma. Y el motivo es que su liderazgo estuvo en manos de gladiadores, aguerridos luchadores profesionales que supieron canalizar y adiestrar a un nutrido contingente de esclavos fugados que se les iba uniendo.

El objetivo confesado de la rebelión: marcharse de Italia, ser libres. Algo que Roma no podía tolerar, so pena de erigirse en un mal ejemplo para los demás esclavos.

La rebelión se originó en el 73 a.C, cuando unos 70 esclavos gladiadores consiguieron escapar de su cautiverio.

En los días posteriores, vencieron al pequeño contingente de legionarios enviado a capturarlos, y se apropiaron de sus armas, atacando algunas villas y liberando a los esclavos que se encontraban a su paso, lo cual, a su vez, nutría la propia revuelta.

Establecieron campamento en el monte Vesubio, una posición fácilmente defendible frente a ataques externos.

Roma no consideraba inicialmente como peligrosa la revuelta -ni siquiera le otorgaba tal calificativo, viéndolo más como una algarada o una ola de asaltos y robos-, por lo que mandó fuerzas milicianas reclutadas a toda prisa para detener a los esclavos fugados.

Gran error el que cometieron, puesto que estas fuerzas fueron desbaratadas, por dos veces, por los soldados de Espartaco, que reutilizaron los equipos y armas de las tropas vencidas, y que fueron aumentando paulatinamente su número, nutriéndose tanto de esclavos liberados, como de locales que no tenían nada que perder con unirse a ellos, y si mucho a ganar.

El invierno del 73 a.C, los sublevados lo pasaron entrenando a los nuevos reclutas y armando su ejército, de forma que al llegar la primavera del 72 a.C, disponían de una fuerza de combate capaz de enfrentarse de tú a tú con las legiones romanas.

Roma mandó dos legiones consulares, que inicialmente obtuvieron alguna victoria al encontrar a los rebeldes divididos, pero que fueron finalmente vencidas.

El paso hacia el norte quedaba expedito para Espartaco y los suyos, lo que hacía que en el 71 a.C. la situación fuera considerada como urgente por el senado romano.

Este decidió otorgar el mando de sus tropas a Marco Licinio Craso, quien sería en el futuro uno de los tres primeros triunviros y hombre inmensamente rico.

Craso recibió seis legiones bajo su mando, una fuerza inmensa, bien entrenada y engrasada para el combate. El general romano impuso una disciplina férrea entre sus tropas, de tal forma que se dice que estas temían más a su comandante que al enemigo.

La primera medida adoptada por Craso fue cortar el paso a los rebeldes en su ruta hacia el norte, situando dos legiones a su retaguardia. Los enfrentamientos que siguieron fueron, mayoritariamente, favorables a los romanos.

Viéndose imposibilitados de seguir su ruta hacia el norte para cruzar los Alpes y así ser libres, los esclavos de Espartaco de dirigieron hacia el sur de la península itálica.

Parece que su objetivo era embarcar hacia Sicilia, y con tal idea en mente pactaron con piratas cilicios, aunque lo que no sabían es que iban hacia una ratonera; perseguidos por los romanos, los piratas los traicionaron, y acabaron rodeados y privados de suministros en la punta de la bota itálica que queda justo enfrente de Sicilia.

Con refuerzos de Pompeyo Magno y Lúculo, Craso se dispuso a acometer la batalla final.

Esta, como todos sabemos, favoreció a las armas romanas. Los supervivientes (unos 5.000 o 6.000) fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia en su recorrido de Capua a Roma, para que sirvieran de ejemplo a quienes osaran desafiar a la República Romana.

El personaje de Espartaco y sus logros han sido motivo de inspiración a lo largo de la historia.

Y no me refiero solamente artística (a la famosa película de Stanley Kubrick), sino también política. Un ejemplo de ello es la alemana Liga Espartaquista, un partido revolucionario de corte marxista fundado por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

Foto: Fotolia - Archivist

 
 
 
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