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Definición de Guerras Macedónicas

Uno de los múltiples legados que dejó a su muerte Alejandro Magno fue una Macedonia fuerte, cuyo ámbito de influencia fue mucho más allá del de la Grecia continental, que había sido su principal teatro de operaciones y centro de influencia gracias a la tarea realizada por el padre de Alejandro, Filipo II.

Por lo tanto, y con otro imperio en ciernes como el romano, no era extraño que ambas potencias toparan tanto diplomáticamente como en el campo de batalla, enfrentamientos que nos han llegado, como la mayoría de los de épocas antiguas, narrados por los vencedores finales, en este caso los romanos, con el nombre de Guerras Macedónicas.

Guerras Macedónicas es la denominación romana para una serie de enfrentamientos armados entre la República romana y el reino de Macedonia, acaecidos entre el 214 a.C y el 148 a.C.

El primero de estos enfrentamientos se produjo en el marco de la Segunda Guerra Púnica. Filipo V de Macedonia aspiraba tanto a poner en vereda a los díscolos griegos que se habían sacudido el yugo del dominio macedónico que el padre de Alejandro ya les había impuesto, como a expandir sus territorios al oeste a costa de Roma.

En dicho contexto, Filipo V vio en Aníbal a un posible aliado, mientras que al general cartaginés le interesaba la apertura de un segundo frente en el cual Roma tuviera que entretener a tropas que, de esta forma, no se enfrentarían al ejército púnico.

Macedonia abrió las hostilidades atacando Iliria, un reino feudatario de Roma situado en la costa adriática, al oeste de Macedonia. La posesión de estas tierras permitirían a Filipo llevar su ejército a la Península Itálica, lo que pondría en serios aprietos a las tropas romanas.

Para detener las primeras incursiones macedonias, Roma envió algunas tropas de refuerzo, que fueron capaces de contener el ataque y de infligir, sobretodo, una derrota naval a Filipo que le privó de su flota, lo que sería trascendental para el desarrollo del conflicto, ya que impediría al macedonio pasar a Italia.

Roma también firmó un acuerdo con la Liga Etolia y el Reino de Pérgamo, con lo cual situaba peligrosos enemigos al sur y este de Macedonia, que hicieron bien su trabajo; el resto del conflicto consistió en una serie de escaramuzas fronterizas que irían decantando la balanza ahora hacia un lado, ahora hacia otro.

En 205 se firma la Paz de Fénice, por la cual Roma reconocía la posesión de Iliria por parte de Macedonia, mientras Filipo desistía de cualquier alianza con Cartago, cerrando así definitivamente la posibilidad de una invasión desde el este a la Península Itálica, y permitiendo a los romanos concentrarse en su ofensiva contra los púnicos.

No obstante, Roma no olvida...

En el 200 a.C, y aprovechando la petición de auxilio por parte de Rodas y Pérgamo, que libraban una nueva guerra contra la agresiva política expansionista de nuestro viejo amigo, Filipo V, Roma se involucró de nuevo contra el macedonio.

El casus belli utilizado por Roma fue el ataque macedonio a la región del Ática griega, y aunque la ciudad eterna mandó algunos emisarios con ofertas de paz a Filipo, al mismo tiempo preparaba las tropas para una guerra deseada que le permitiría deshacerse de un rival incómodo con el que, si lo dejaban hacer, acabaría pujando por el control del Mediterráneo como con Cartago.

Además, quedaba pendiente la afrenta de la Paz de Fénice; Roma no toleraba que nadie sacase partido de un acuerdo con la ciudad, sino que debian ser siempre los romanos los beneficiados.

Los romanos desembarcaron tropas en Iliria, pero con cierta escasez de efectivos (los años pasados en la Segunda Guerra Púnica todavía se hacían sentir), no pudieron hacer ningún avance, como tampoco Filipo, de forma que el frente se estancó.

Mientras, las polis griegas se enfrentaban unas contra otras, divididas en partidarias de Roma contra partidarias de Macedonia, pero en guerras paralelas que solo tenían esta relación con la que libraban romanos contra macedonios.

Roma, que se presentaba a sí misma como libertadora de Grecia, acabaría siendo la que aboliría las libertades de los griegos y los asimilaría al Imperio, aunque por el momento le tocaba jugar a este juego para convencer a sus partidarios de la Hélade.

Tras algunos éxitos, las tropas romanas del cónsul Tito Quincio Flaminio derrotaron a las fuerzas de Filipo V en la batalla de Cinoscéfalos, forzando al monarca macedonio a entablar negociaciones de paz.

El resultado de estas es que Filipo V fue obligado a retirarse de sus posesiones griegas para quedarse en Macedonia, así como también perdía sus posesiones en Tracia y Asia Menor. Finalmente, Macedonia debería pagar indemnizaciones de guerra, tanto a las ciudades griegas como a Roma.

Si antes he dicho que, pese a presentarse como liberadora de los griegos, Roma en realidad buscaría asimilarlos al Imperio, esta política fue la culpable del estallido de la Tercera Guerra Macedónica.

Perseo, hijo de Filipo V, trabajó más la vía diplomática que la militar, haciéndose amigo de los estados griegos. En estos, el descontento hacia el ocupante romano (que ejercía su poder indirectamente, controlando a los dirigentes de las ciudades-estado, que eran teóricamente libres) crecía, así que el nuevo monarca macedonio prometió a los griegos que restauraría el pasado esplendor de su patria, al mismo tiempo que llegaba a acuerdos con los enemigos de los aliados de Roma en la zona.

En 171 a.C. estallaba la contienda, y al año siguiente los macedonios encabezados por Perseo derrotaban a los romanos mandados por Publio, el hijo del triunviro Marco Licinio Craso, en Iliria.

No obstante, Perseo prefería esperar a las tropas romanas en Macedonia, para poder ir destruyéndolas a medida que intentaran una invasión y, de esta forma, forzar negociaciones de paz con la ciudad eterna.

Los romanos, por su parte, eran incapaces de dar una estocada definitiva a las fuerzas macedonias, hasta la llegada de un nuevo comandante, el cónsul Lucio Emilio Paulo.

Paulo atacó decididamente Macedonia, i en junio del 168 a.C. asestó un golpe definitivo a las tropas de Perseo en la célebre Batalla de Pidna; los generales macedonios no supieron leer correctamente ni el terreno ni los movimientos de sus enemigos, y las legiones romanas supieron aprovechar de los problemas técnicos de la formación de falange que utilizaban los macedonios, lo que significó el declive de esta y del uso de las largas lanzas (llamadas Sarisas) que los caracterizaban, probablemente hasta que los piqueros españoles no las reintrodujeron.

Perseo se refugió en Pella, la capital de Macedonia, pero terminó siendo depuesto y llevado a Roma como prisionero.

Si para algo sirvió la Tercera Guerra Macedónica fue para despojar a Roma de sutilezas en cuanto a Grecia; Macedonia fue dividida y desapareció como reino independiente, pero los romanos también arrasaron las polis que se habían aliado con Perseo y, ya puestos, incluso a sus aliadas.

Otra consecuencia del conflicto es que con el fin de Perseo, desapareció también la dinastía antigónida, la cual se remontaba directamente a uno de los principales compañeros y generales del gran Alejandro Magno, Antígono.

La Cuarta Guerra Macedónica prácticamente no hace honor a su nombre, pues fue un breve levantamiento protagonizado por un pretendido heredero de Perseo.

Andrisco, que así se llamaba el personaje, solamente consiguió algunos éxitos al principio de la contienda, pero en 148 a.C. Pella resultaba destruida por las tropas romanas.

Foto: Fotolia - ASuruwataRi

 
 
 
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