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Guerra de los Mercenarios - Definición, Concepto y Qué es

Aunque las Guerras Púnicas fueron el conflicto más conocido en el cual participó Cartago, no fue el único; precisamente, al terminar la Primera Guerra Púnica, estalló un conflicto entre Cartago y los mercenarios que había contratado para combatir a Roma.

La llamada “Guerra de los mercenarios” fue un conflicto acaecido entre el 241 y el 238 a.C. que enfrentó por un lado a Cartago y una serie de ciudades aliadas, contra tropas mercenarias y otras ciudades del norte de África.

Cabe recordar que, como todos los grandes ejércitos de la antigüedad clásica (incluyendo el romano), en el cartaginés tenían mucho protagonismo las tropas auxiliares extranjeras, contratadas como mercenarios, incluso más que entre las fuerzas romanas.

También es necesario explicar que Cartago sustentaba su poderío militar en un floreciente comercio, que la llevó a ser una ciudad muy rica, con lo que podía pagar bien y puntualmente a sus asalariados.

Esa riqueza se esfumó en buena parte tras la derrota en la Primera Guerra Púnica, ya que además de las pérdidas territoriales (y, consecuentemente, de bienes), la ciudad-estado norteafricana tuvo que afrontar unas cuantiosas reparaciones de guerra a los romanos.

Si a esto le añadimos el deterioro en su imagen como potencia militar y el momento de debilitamiento que sufría, dejamos el campo abierto para que sus enemigos consideren la posibilidad de abalanzarse sobre Cartago.

Una vez repatriados tras la guerra los contingentes mercenarios, el general cartaginés Hannón fue a su campamento para comunicarles que las arcas de la ciudad estaban vacías.

Ello retrasaría el cobro de su soldada pero, además, el senado cartaginés les solicitaba que renunciaran a una parte de ella, incobrable a todos los efectos.

Es de suponer que quien puso sobre la mesa este plan de solicitar a un ejército de mercenarios armados hasta los dientes que se habían jugado la vida por defender a Cartago, que renunciaran a una parte de su sueldo, que no debió pensarlo muy detenidamente.

Enojados, los mercenarios acamparon en la actual Túnez, cerca de Cartago, y provocaron disturbios hasta forzar que Cartago les pagase.

El senado cartaginés claudicó, y envió al general Giscón con la soldada debida a los mercenarios, pero estos últimos hicieron prisionero a Giscón y se incautaron del tesoro que les llevaba, aunque sin intención de cesar sus actividades de rapiña; habían visto a una Cartago débil, y pensaban aprovecharse de ello.

Los generales mercenarios enviaron misivas a las ciudades tributarias de Cartago, incitándolas a sacudirse de encima el yugo cartaginés.

Como consecuencia de tener que pagar las gravosas indemnizaciones a Roma, las ciudades feudatarias de Cartago habían visto incrementados los impuestos que debían pagar a la urbe, por lo que recibieron con ánimo predispuesto las misivas de los rebeldes.

Aparte de Bizerta y Útica, que se mantuvieron fieles a Cartago, las demás ciudades norteafricanas bajo control púnico se unieron a la rebelión, convirtiendo lo que era una algarada militar en un levantamiento en toda regla.

Hannón fue el general designado por Cartago para enfrentarse al bando rebelde.

Este se encontró con una situación precaria para sus tropas, ya que el tratado de paz con Roma había reducido su flota a la mínima expresión, así como desmovilizado su ejército, lo que hacía que no hubiera armamento ni pertrechos preparados.

En cambio, la ciudad gozaba de unas excelentes y bien preparadas murallas para resistir el embate de un ejército (como demostraría en la Tercera Guerra Púnica).

Los mercenarios enviaron una embajada a Roma, de la cual esperaban apoyo.

No contaron con que los romanos primarían la deuda que Cartago había contraído con ellos y, por lo tanto, facilitaron que la ciudad norteafricana reclutara mercenarios entre los aliados de Roma, y le enviaron provisiones para poder resistir un asedio.

La campaña de Hannón, a la que Roma había contribuido generosamente, empezó exitosamente con la liberación de la ciudad aliada de Útica, a la cual los rebeldes habían puesto sitio, pero continuó con una serie de derrotas.

Los mercenarios rebeldes conocían de sobre la estrategia y las tácticas cartaginesas, y libraron una guerra de guerrillas contra el superior ejército de Hannón.

Es por ello que en 240 a.C. el senado cartaginés nombró comandante a Amílcar Barca comandante de sus fuerzas.

Amílcar rápidamente rompió el cerco sobre Cartago y Útica, y cayó sobre los rebeldes por sorpresa, utilizando una táctica de simulación de retirada que hizo que las tropas enemigas atacaran desordenadamente y, así, pudo vencerlas. Ello alivió la presión sobre Cartago y Útica.

Mientras todos estos sucesos se desarrollaban en el norte de África, las guarniciones mercenarias de la isla de Cerdeña también se rebelaron contra Cartago.

Además, un primer contingente cartaginés enviado para doblegarlas se pasó también de bando, uniéndose a los mercenarios rebeldes.

El horrendo trato dispensado a los prisioneros cartagineses por parte de los mercenarios revoltados llevó a represalias igual de horribles por parte del bando púnico.

Ser hecho prisionero en aquel conflicto equivalía a ser torturado salvajemente hasta la muerte, por parte de cualquiera de los bandos, lo que llevó a que se la conociera también como “guerra inexpiable”.

Esto también explica que, una vez revoltadas las tropas mercenarias estacionadas en Cerdeña, estas se dedicaran a ejecutar sistemáticamente a los pobladores cartagineses de la isla.

El enrarecimiento del clima bélico coincidió con la defección de Bizerta y Útica, hasta entonces aliadas de Cartago, lo que puso en dificultades al bando cartaginés, que hasta entonces había ido tomando la delantera en términos bélicos.

Al ver Cartago nuevamente debilitada (no le quedaban posesiones excepto la propia ciudad), los rebeldes se lanzaron a sitiarla, aunque fueron interceptados de camino por el ejército de Amílcar.

Este general buscó batalla en un territorio apto para la guerra de guerrillas y que, por lo tanto, parecía favorecer inicialmente a los mercenarios rebeldes, pero que fue utilizado por las tropas cartaginesas (mejor conocedoras de la geografía) en beneficio propio.

El resultado fue la victoria cartaginesa, gracias a la cual muchas ciudades volvieron a la obediencia a Cartago.

Mientras todo esto pasaba, Roma no se quedó de brazos cruzados: envió una expedición a Cerdeña para pacificarla, aunque su intención era claramente quedarse con la isla.

De hecho, y ante las protestas de Cartago, llegó a declarar la guerra a la metrópoli norteafricana, pero esta rehusó el combate y prefirió aumentar el pago de la indemnización contraída con la ciudad del Tíber antes que iniciar una guerra que sabía perdida de antemano.

Roma se haría tanto con el control de Cerdeña como, poco después, con el de Córcega.

En África, Amílcar pasaba a la ofensiva, y sitió Túnez, que se salvó, aunque en el último enfrentamiento entre ambos bandos, el ejército rebelde fue aniquilado.

Poco después se rindieron Bizerta y Útica, curiosamente las dos únicas ciudades que habían permanecido leales a Cartago al iniciarse la confrontación, y que fueron las últimas ciudades rebeldes en capitular una vez ya se habían cambiado de bando.

Foto: Fotolia - Erica Guilane Nachez

 
 
 
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