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Definición de Franquismo

Hay muchas personas que homologan el pensamiento del dictador español Francisco Franco con la ideología nazi a través de la falange. Pero, lo cierto, es que entre los dictadores europeos que mandaron desde el periodo de entreguerras hasta su muerte, Franco es bastante heterodoxo por una serie de razones, creando una doctrina que podríamos calificar como propia: el franquismo.

El franquismo, además del régimen presidido por el general Francisco Franco que gobernó España desde 1939 (al terminar la Guerra Civil) hasta 1975, es también la ideología creada a su alrededor.

El franquismo no es solamente un conjunto de ideas (que conforman una doctrina) de extrema derecha, sino también nacionalista y ferozmente anticomunista entre otros tics “anti”.

El franquismo considera España como una unidad indivisible, unida por la lengua castellana y la cultura de Castilla, de tradición católica, y con una misión civilizadora en el mundo que ya ha realizado y continúa realizando.

Así, el franquismo consiste en un ensalzamiento patriótico de una España concreta, de un ideal que no se corresponde con una realidad sociopolítica mucho más compleja y diversa.

Políticamente, el franquismo no se basa en la Falange tradicional, partido político creado por José Antonio Primo de Rivera en 1933, sino en una formación homónima pero cuya ideología es una amalgama de varias otras formaciones.

José Antonio (de quien, por cierto, es conocida su poca simpatía hacia Franco) creó un partido a imagen y semejanza del fascista italiano.

A través del Decreto de Unificación de 1937, la Falange y la Comunión Tradicionalista carlista, fueron fusionados en una única formación política, y el resto de formaciones disueltas.

Por ello, quien quería hacer política en la España de Franco, tenía que hacerla a través del partido único, y por ello también, la ideología de dicha formación política era una amalgama de las ideologías de ambas formaciones, con ideales a veces contradictorios.

Por lo que respecta al ordenamiento cultural y territorial, el franquismo lo somete todo al mismo de Castilla.

Así, la lengua de España es el castellano. Durante el franquismo se persiguieron los demás idiomas hablados en el Estado Español, como el catalán, el euskera (vasco) o el gallego, que fueron prohibidos, así como ciertas muestras culturales de estos pueblos.

La historia de España también fue manipulada para demostrar que la unidad de España era algo predestinado e, incluso, deseado (se llegó a escribir que el Conde de Barcelona era “español sin saber todavía que lo era”...).

La devoción catòlica del franquismo es incuestionable, e incluso se otorga a España la misión “civilizadora” de llevar la religión cristiana-católica al resto del mundo.

El mismo Franco y su mujer (Carmen Polo) eran devotos católicos; Franco conservaba la mano incorrupta de Santa Teresa en su mesita de noche.

En este contexto, la conquista española de América fue vista (y lo sigue siendo) por el franquismo como una misión civilizadora y evangelizadora, sin cuestionar las masacres de nativos u otras prácticas, a menudo escondidas o reinterpretadas por los defensores del franquismo.

Como todos los regímenes dictatoriales, el franquismo considera a quienes difieren de los pilares ideológicos que lo sustentan como enemigos.

La represión interna, tanto contra enemigos políticos (demócratas, republicanos moderados, comunistas,...) como culturales (catalanistas, vasquistas, galleguistas, intelectuales de izquierda,...) es total, aunque con el paso de los años, en los últimos tramos de la dictadura se moderará muy ligeramente (por ejemplo, podían editarse algunos libros en lenguas diferentes del castellano, aunque muy pocos, de temas no político-sociales, y censurados).

Con la muerte del dictador y la llegada de la democracia tras la transición, uno pudiera preguntarse si el franquismo también terminó, pero lo cierto es que no son pocas las voces que hablan de una pervivencia de este, lo que se ha dado en llamar el “franquismo sociológico”.

El franquismo sociológico consiste en los restos de pensamientos de signo franquista, personas o familias estrechamente vinculadas con el franquismo, e incluso estructuras de poder heredadas del antiguo régimen.

El proceso de la transición fue un pacto entre las fuerzas políticas y sociales que clamaban por una vuelta a la legitimidad democrática, y un agonizante franquismo que sabía que no podría mantener el país en la dictadura por mucho más tiempo, pero que pugnaba por evitar un revanchismo que lo atacara.

Es decir, la transición fue más una forma de pasar de un estado de cosas (la dictadura franquista) a otro estado de cosas (la democracia parlamentaria) sin realizar un “borrón y cuenta nueva” ni pasar cuentas con quienes cometieron crímenes en el pasado.

Esto, que inicialmente pareció ser una buena solución, dejó heridas sin cerrar en la sociedad española, que se han ido reabriendo con el tiempo.

La gran brecha existente entre el Partido Popular (considerado por numerosas voces en la izquierda como el heredero intelectual del franquismo, con un discurso pasado por el tamiz de la democracia) y Podemos (homologado desde las filas de la derecha, Partido Popular incluido, como una especie de revanchismo republicano con una fuerte presencia comunista) es una prueba de la reapertura de esas heridas mal cerradas.

Otra es la reivindicación por parte de familias de personas del bando republicano represaliadas y asesinadas durante la guerra y al finalizar esta, de abrir las fosas comunes para identificar a sus familiares, y a la cual se niegan desde el gobierno del Partido Popular para “no reabrir viejas heridas”.

La cuestión catalana, uno de los ejes que periódicamente ha comportado problemas al Estado Español, y que ahora es de tan candente actualidad, también es resultado directo e indirecto de otro expediente cerrado en falso durante la transición.

Foto: Fotolia - Vladimir Wrangel

Autor: Guillem Alsina González | +CITAR
 
 
 
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