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Definición de Cultura Púnica-Cartaginesa

Si las guerras púnicas hubieran acabado con la victoria de Cartago en vez de la de Roma, la faz del mundo habría cambiado.

Esta no es una afirmación gratuita, habida cuenta de la importancia que, tras dichas guerras, cobró Roma, su cultura y sus logros, para todos los pueblos de la cuenca mediterránea.

Pero ¿quiénes eran los públicos que habitaban en Cartago?

Con el adjetivo púnico definimos aquello relativo a los habitantes de la antigua cartago, sus logros y su cultura.

La etimología de la palabra es latina, y hunde sus raíces en la denominación griega phoíniks, de la cual deriva la denominación fenicio, el cual podría haber sido trasliterado por los romanos para dar origen a la denominación púnico (punicus en latín original).

Pero, si Cartago se encuentra en la actual Túnez, y Fenicia se ubica en la costa de lo que es actualmente el Líbano, ¿como se entiende que estos pueblos estuvieran relacionados con tanta distancia de por medio?

Cartago fue fundada sobre el 820 a.C. por los fenicios procedentes de Tiro como enclave comercial en una ruta de interés para este pueblo.

Los fenicios se vieron obligados a salir a la mar por diversos factores, tal vez el principal el hecho de que los pueblos que tenían como vecinos eran mucho más poderosos militarmente, lo que les impedía expandirse hacia el interior.

Por lo tanto, las diversas ciudades-estado fenicias desarrollaron un potente comercio exterior, que encontraba en la navegación por el Mediterráneo su máxima expresión.

Dicha navegación llegó a puntos tan distantes (y más para aquella época) como la Península Ibérica. Es lógico pensar que, para recorrer semejantes distancias, a los fenicios les era práctico contar con puntos de aprovisionamiento intermedio, y más que confiar en las poblaciones nativas, prefirieron intercalar sus propias poblaciones con estas.

La fundación legendaria de Cartago corresponde a la princesa Dido.

Dicha leyenda cuenta que el rey de los gétulos, a petición de Dido, le concedió el derecho de quedarse con tanta tierra como abarcara una piel de buey. Lista, Dido cortó la piel a tiras finísimas y la extendió para abarcar el máximo territorio posible.

Pero la leyenda es una cosa, y la realidad otra.

Al igual que las ciudades-estado fundadas por griegos, Cartago contó con una amplísima autonomía, lo que desembocaría, a su vez, en su propio estatus de ciudad-estado.

Pero, a diferencia de las ciudades-estado de la actual costa del Líbano, esta en concreto iba a desarrollar no solamente una serie de rutas comerciales y enclaves de soporte, sino que construiría un imperio militar similar al de la incipiente República Romana.

Esto fue posible por la caída de Tiro, la ciudad que le había dado origen, en el 580 a.C. ante las tropas de Babilonia.

La organización política de Cartago también fue la de república, con un senado.

Los sufetes eran dos magistrados, equivalentes a los cónsules romanos, con algo más de poder pero que no se podían homologar a reyes. En cualquier caso, el acceso al senado y al cargo de sufete también estaba restringido solamente a los miembros de familias pudientes y con influencias, al igual que pasaba en Roma.

El poder militar de Cartago se basaba principalmente en el uso de tropas aliadas y mercenarias.

Pese a que, naturalmente, también contaba con tropas nativas de ciudadanos cartagineses, su alta dependencia de aliados y mercenarios siempre fue un Talón de Aquiles para los púnicos, ya que dichas tropas extranjeras no eran fiables, y más de una vez se rebelaron o traicionaron a sus jefes/aliados cartagineses, como fue el caso de los númidas, pueblo que en la Segunda Guerra Púnica pasó de aliado de Cartago a aliado de Roma, contribuyendo en gran medida a sellar la derrota púnica.

Cuando empezaron con su expansión por el Mediterráneo, los cartagineses toparon primero con las colonias de las polis griegas, tanto en Sicilia y la Magna Grecia, como en otros lugares.

Tras enfrentamientos que, en conjunto, sonrieron a los púnicos, estos se hicieron con una amplia área geográfica que copaba todo lo que hoy es la franja costera de Túnez, Libia, y varios enclaves en el resto de la costa norteafricana, todo el sur de la Península Ibérica (Andalucía, Extremadura y Murcia, actualmente en España), las Islas Baleares, Córcega y una parte de Cerdeña y Sicilia, además de otras pequeñas islas repartidas entre la costa de la Península Itálica y el Norte de África.

Esta era la situación de sus dominios cuando sobrevino el enfrentamiento que, hoy en día, se considera que era inevitable tarde o temprano: las Guerras Púnicas.

Cartago perdió dos guerras contra Roma, antes de enfrentarse a la tercera que sería su fin definitivo.

En el 146 a.C, y tras casi tres años de sitio, los romanos entraron a sangre y fuego en Cartago. Seis días tardaron en conquistar la ciudad, debiendo luchar contra los ciudadanos cartagineses casa por casa.

Tras esto, esclavizados los supervivientes y saqueada la urbe, las legiones de Escipión Emiliano (quien recibiría el apelativo de “el Africano” por dicha victoria), cumpliendo órdenes del senado romano, destruyeron la ciudad y sembraron de sal los terrenos que esta había ocupado, con el objetivo de que allí no volviera a crecer nada.

Cartago, y con ella toda la cultura púnica, desaparecía así de un plumazo. Pese a que los romanos construyeron más adelante otra ciudad con el mismo nombre en un lugar próximo, y que esta nueva Cartago sería la capital del reino vándalo, no conservaba vestigios púnicos, una civilización que los romanos habían eliminado, pero no enviado al olvido.

Fotos: Fotolia - Consuelo Di Muro / Pavel068

 
 
 
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