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Definición de Comuna de París

Napoleón III había sido derrotado y capturado en Sedán por las tropas prusianas, que habían avanzado hasta París para someter a la capital gala a un sitio de varios meses. Mientras, Francia se había convertido en una república, pero ello no bastó para detener la invasión prusiana ni contentar a la población civil.

En París, ciudad con una importante masa obrera y, por lo tanto, amplios movimientos izquierdistas, la ciudadanía se levantó en armas contra el nuevo gobierno republicano aprovechando el vacío que este había dejado tras de sí al alejarse de la capital.

Este mismo gobierno buscó desesperadamente atajar la revuelta, que pudo gobernar la ciudad de las luces durante poco más de dos meses, pero que acabó siendo duramente reprimida.

El movimiento de la Comuna de París fue un movimiento revolucionario que gobernó la ciudad desde el 18 de marzo de 1871 y hasta el 28 de mayo del mismo año, tras la caída del Segundo Imperio Francés por la derrota en la Guerra franco-prusiana, y cuando la Guardia Nacional decidió no rendir la ciudad a los invasores prusianos.

Con la caída del Imperio y el advenimiento de la Tercera República, la mayoría de las ciudades francesas que no habían caído bajo el empuje militar prusiano, fueron gobernados por una comuna, con la excepción de París, a cargo de la cual se dejó a la Guardia Nacional. El gobierno temía la excesiva radicalización de la numerosa masa obrera de la que era, con diferencia, la mayor ciudad de Francia.

El sitio de París por parte del ejército prusiano duró medio año, puesto que los parisinos disponían de armamento y motivación, incluso después de que el gobierno se rindiera, negándose a rendir la ciudad y permitir la entrada triunfal de los enemigos. Los prusianos, por su parte, instalados en Versalles, exigían la entrega de la capital gala.

Finalmente, se llegó a un acuerdo tácito, y los ciudadanos parisinos dejaron las calles expeditas para que las tropas prusianas desfilaran por ellas el día 1 de marzo de 1871.

De hecho, las dejaron tan expeditas que se conjuraron para que nadie fuera a verlos; los soldados prusianos desfilaron por una París desierta, y no se quedaron más que un sólo día.

Fue un desfile simbólico, pero que fuera el gobierno francés el que había forzado a los orgullosos habitantes de la gran capital a aceptar dicho desfile, la exhibición del poderío del enemigo prusiano, soliviantó los ánimos. La elección por parte del gobierno republicano de un militar monárquico para dirigir la Guardia Nacional (un cuerpo puramente parisino con el que la población se identificaba mucho) no ayudó precisamente a distender el ambiente.

Una serie de medidas impopulares como la supresión del salario de la Guardia Nacional o la prohibición de diversas publicaciones republicanas tensionaron la situación hasta un punto de no retorno, pero la gota que colmó el vaso fue el intento gubernamental de desarmar a la Guardia Nacional.

La población parisina salió al paso de los soldados para evitar la requisa de los cañones de la Guardia Nacional. Las tropas, lejos de realizar su cometido a tiros, confraternizó con la población y la Guardia.

Era el 18 de marzo de 1871, y esta acción significó el disparo de salida para la Comuna de París, lo que a su vez implicaba el poder para el pueblo de la capital francesa.

La revuelta se extendió rápidamente por la ciudad, de tal forma que el presidente de la República Francesa, Adolphe Thiers, no tiene otra alternativa que ordenar la evacuación de las tropas leales y lo que puede reunir del funcionariado público, hacia Versalles, donde se encuentra el resto del gobierno.

También una parte de la población, la más acomodada y de ideología de derechas, se irá refugiando ese mismo día y los siguientes, en la vecina Versalles, dejando París para los izquierdistas radicales levantados en armas.

El 28 de marzo, y después de que dos días antes el comité central de la Guardia Nacional renunciara al gobierno de la ciudad, fue constituida una comuna.

El objetivo de la Comuna fue, desde el primer momento, el gestionar correctamente los servicios necesarios para una ciudad de cerca de dos millones de habitantes, a la par que la implementación de reformas republicanas radicales.

París estaba asediada por las tropas regulares del ejército republicano, por lo que la situación nunca podía ser del todo normal, y la acción de gobierno de la Comuna no pudo ser desplegada todo lo que era necesario.

Entre las medidas desplegadas destacan poderosamente las que beneficiaban a la mayoría obrera y pobre de la población: posponer el pago de deudas, otorgar pensiones a las familias de los guardias nacionales muertos en la guerra, y rebaja en los alquileres de habitajes.

Una medida muy comúnmente adoptada en otras revoluciones izquierdistas del futuro (como en el bando republicano durante la Guerra Civil Española) fue la posibilidad de que los obreros de una fábrica pudieran hacerse con la dirección de esta si el propietario la abandonaba.

Si bien en un principio el gobierno intentó negociar, pronto vió que no habría otra solución que tomar París por la fuerza de las armas.

Los primeros ataques fueron realizados el 2 de abril de 1871. La superioridad de las fuerzas gubernamentales era tal que, a partir de mediados de abril, el ejecutivo republicano se negó ya a negociar: veían el fin y querían aplastar la revolución acaecida en París para dar ejemplo.

Probablemente, el gobierno galo también había recibido presiones desde el exterior para aplastar violentamente la insurrección, puesto que gobiernos como el británico o el prusiano querían prevenir posibles intentonas en sus propios territorios.

Poco a poco, las tropas gubernamentales fueron estrechando el círculo alrededor de la capital.

La Guardia Nacional perdía calles y barrios casi a diario, pero el pueblo resistía. No tenía mucho a perder más que la vida, pero mucho a ganar si triunfaba en su empeño: una vida digna de ser vivida.

Si bien la Comuna de París recibió algunas muestras de simàtía y apoyo desde fuera de Francia, no hubo intentos exitosos de apoyar la iniciativa desde territorio galo.

Si bien en algunas ciudades como Marsella o Narbona, hubo focos insurreccionales, fueron rápidamente aplastados por el ejército. El ámbito rural era más conservador, y no acompañó una revolución fraguada entre las masas obreras urbanas.

El 21 de mayo el ejército gubernamental penetraba la muralla de la ciudad y empezaba a reconquistar los barrios de la capital uno a uno, tarea facilitada por los anchos bulevares de la capital, que habían sustituido a las estrechas callejuelas medievales precisamente para facilitar el poder abortar movimientos revolucionarios al facilitar la acción de la artillería.

Era el principio del fin de la Comuna.

No obstante, el gobierno popular de la Comuna vendió cara su piel, y el pueblo se defendió con barricadas en las calles.

Ello llevó a una árdua tarea por parte del ejército y a la destrucción de una parte del abundante patrimonio de la ciudad. Los revolucionarios también ayudaron a la destrucción con la quema de edificios para impedir o, al menos dificultar, el avance de las tropas. El Palacio de las Tullerías, la biblioteca del Louvre, o la estación París-Lyon fueron víctimas de los incendios provocados.

El 27 de mayo al alba ya sólo quedaban en manos de los últimos resistentes comuneros unos pocos distritos de los barrios obreros de París. En la tarde del día siguiente, 28 de mayo de 1871, caía la última barricada.

Una vez doblegada la resistencia, empezaba la represión violenta de los sublevados.

Se decretó una auténtica “cacería” contra aquellos que habían apoyado la Comuna, y si bien los comuneros habían cometido crímenes como el fusilamiento sumario de hasta un centenar de personas solamente por su condición eclesiástica (el movimiento era profundamente anticlerical) o acomodada, las tropas gubernamentales no hicieron muchas distinciones: según algunos autores, hasta 20.000 parisinos fueron fusilados (muchas veces, en grupo) los días siguientes al 28 de mayo.

Actualmente, en el famoso cementerio parisino de Père-Lachaise, donde se produjeron muchos de los fusilamientos, puede verse una placa de homenaje a las víctimas de aquella represión, y en forma de homenaje a sus ideales de libertad e igualdad. Dicha placa se encuentra en uno de los muros contra los que se fusilaba a los partidarios de la Comuna.

París, que había sido una ciudad revolucionaria, continuaría siéndolo.

La capital gala se liberó a sí misma (con matices) del yugo nazi en 1944, y volvería a las barricadas en otro mayo, esta vez el del 68. ¿Ha perdido hoy aquel espíritu revolucionario? Yo no descarto un futuro artículo en esta misma publicación sobre otra revolución en la ciudad de las luces. Sólo queda saber cuando.

Foto Fotolia: Daseugen

 
 
 
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