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Definición de Caso Watergate

Richard Nixon ha sido, probablemente, el presidente de los Estados Unidos más paranoico que haya acogido la Casa Blanca -sí, incluso que Donald Trump... aunque este va en camino de igualarlo y, posiblemente superarlo-, uno de los más polémicos, y hasta ahora el único que ha dimitido ante la posibilidad de un procedimiento de impeachment (Andrew Jackson y Bill Clinton fueron sometidos a él, pero salieron airosos).

Y el motivo de este impeachment que a buen seguro hubiera llegado, fue el descubrimiento de una trama que llegaba a las cúpulas del Partido Republicano de EEUU y al mismo presidente Nixon para espiar a sus rivales, en lo que se llama el “Caso Watergate”.

El caso Watergate toma el nombre del complejo de edificios homónimo situado en Washington D.C, y donde en los años 70 se encontraba la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata de los Estados Unidos, sede que fue allanada ilegalmente por agentes al servicio del Partido Republicano para encontrar información.

Este “incidente” pasó a formar parte de la cultura popular estadounidense, además de formar parte también de su historia, y lo podemos ver reflejado, por ejemplo, en algún episodio de la serie animada Los Simpson y también en el film Forrest Gump.

Básicamente, el escándalo del Watergate podemos resumirlo como el intento de obstrucción de la investigación que llevó a cabo la administración Nixon, y lo que se destapó en la investigación posterior, involucrando a miembros del gobierno y el Partido Republicano en numerosas actividades ilegales.

El caso empezó con la detención, por parte de la policía, de cinco personas responsables del allanamiento antes citado.

Parece ser que la acción había sido bastante “chapucera”, y que quienes la llevaron a cabo fueron detenidos in fraganti, mientras cometían el allanamiento. Pero, tras investigar sus identidades y el material que traían consigo, los investigadores supieron que tenían algo muy diferente a un simple robo entre manos.

Dos de los cinco detenidos eran veteranos de la CIA, el servicio de inteligencia de los Estados Unidos, y el grupo llevaba, por ejemplo, micrófonos para realizar escuchas en teléfonos.

El jefe de la cuadrilla era, además, el jefe del comité que trabajaba para la reelección del presidente Nixon. Escándalo mayúsculo, pues, aunque la administración gubernamental se puso enseguida a tratar de tapar el asunto, de la mano de John Dean, uno de los asesores del presidente Nixon.

Dean se encargó de ralentizar la investigación policial, y de lanzar su propia investigación, en la cual obviamente no se movía nada, clasificándolo todo como un simple robo.

A ojos de quien quisiera entenderlo, era obvio que la administración Nixon estaba escondiendo algo, así que los siguientes en interesarse por el tema fueron los medios de comunicación.

Posteriormente, se descubriría que altos cargos de la CIA y el FBI también estaban implicados en el encubrimiento.

El Washington Post fue el rotativo que más intensamente investigó, aunque no le fue muy a la zaga en New York Times.

Los periodistas del Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, se pusieron rápidamente sobre la pista, intuyendo que aquello era mucho más que un escándalo mediano, y que afectaba a las altas cúpulas de la administración, incluído Nixon.

Para destapar el caso, contaron con la ayuda de una fuente interna al entramado, William Mark Felt, director adjunto del FBI, a quien dieron el nombre de Garganta profunda. Algunos dicen que el seudónimo se refería a una película pornográfica homónima que cobró gran éxito en la época, mientras que otros indican que ya era un nombre dado a las fuentes periodísticas anónimas en los EEUU de la época.

La identidad real de Garganta profunda como Felt no se conoció hasta 2005 por expresa voluntad del mismo interesado.

Tirando del hilo y gracias a las delaciones de Felt, Woodward y Bernstein (que ganarían el Pulitzer por su trabajo en 1973) pudieron ir desgranando los entresijos de la conspiración, hasta llegar al mismísimo presidente Nixon.

Pero una cosa era saber que él estaba implicado y otra bien distinta poder demostrarlo con pruebas suficientes. Además, Garganta profunda advirtió también a los periodistas de que estaban siendo investigados, tanto ellos como los demás que seguían el escándalo, por el FBI y la CIA.

Mientras todo el escándalo se iba desarrollando, Nixon ganaba su reelección como presidente.

La Casa blanca también presionó a los acusados para que se declararan culpables, lo que llevó al juez del caso (John Sirica) a investigar qué es lo que estaba pasando.

En su obsesión con controlarlo todo, el equipo de Nixon estaba dejando demasiadas pistas y cabos sueltos que facilitaban en cierta medida el seguirles la pista, aunque tampoco era un camino fácil ni exento de dificultades. Recordemos que estamos hablando de un entramado que implica a algunas de las personas más poderosas no ya del país, si no del planeta.

Las informaciones que proporcionaba Felt, una vez contrastadas, eran publicadas, de forma que la opinión pública empezó a interesarse por el tema, y el inquilino de la Casa blanca y su equipo empezaron a sentir el aliento en su cuello.

Entonces, como ahora hace Trump, Nixon recorrió a difamar la prensa llamando a los periodistas que investigaban el asunto, mentirosos y manipuladores. Vemos que no hay nada nuevo bajo el sol, sólo se redescubre.

En 1973, el Senado estadounidense estableció una comisión investigadora. Se descubrió que Nixon había autorizado grabaciones ilegales en la Casa blanca, y el senado exigió su entrega, a lo que Nixon se negó alegando su inmunidad.

El escándalo era ya mayúsculo, y poco a poco se cerraba el círculo sobre el presidente. Su negativa inicial a entregar las cintas se tradujo en una opinión pública notoriamente contraria, y que sectores del Partido Republicano empezaran a ponerse nerviosos por el desgaste y la mala imagen que ello podía reportarles.

Cuando, finalmente, la comisión investigadora senatorial pudo forzar la entrega de las cintas, estas habían sido manipuladas.

Faltaban 18 minutos de conversaciones, y esa falta implicaba directamente a Nixon, que había cometido una ilegalidad para que no pudieran demostrar fehacientemente su culpabilidad en actos ilegales.

pero, exactamente ¿qué actos? En julio del 74, el caso explotaba definitivamente, y se conocían detalles de una conspiración que iba mucho más allá de las escuchas al Partido Demócrata.

La comisión obligaba finalmente, y tras muchos actos de dilación, a que la Casa blanca entregara las cintas grabadas íntegras. En estas, quedaba claro que Nixon no solamente conocía el allanamiento del Watergate, sino que había ordenado el encubrimiento.

Con la posibilidad más que factible de ser destituido, finalmente Nixon decidía tirar la toalla y marcharse en agosto de 1974.

Su imagen, despidiéndose con los brazos en alto haciendo la señal de la victoria, en las escalerillas del helicóptero en el jardín de la Casa blanca, se convirtió a posteriori en un icono del caso y de toda una época en la historia moderna de los Estados Unidos.

Fotos Fotolia: Lyle Bryant / Harry Green

 
 
 
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