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Definición de Caso Dreyfus

“¡Yo acuso!”, en referencia al título del célebre artículo de Émile Zola, es una de las citas más repetidas en el mundo cuando se habla, habitualmente, de temas políticos. pero ¿a quién y porqué acusaba el escritor francés?

El llamado “caso Dreyfus” consistió en un proceso judicial contra un militar francés (Alfred Dreyfus) acusado falsamente de espionaje, pero que lo más importante es que demostró el antisemitismo y el revanchismo contra Alemania imperantes en la sociedad francesa.

Desde 1892, el departamento de contrainteligencia del espionaje francés (la Section de Statistique) sabía que el agregado militar de la embajada alemana en París, Maximilian von Schwartzkoppen, realizaba acciones de espionaje en suelo galo.

Y esto lo sabía gracias a la mujer de la limpieza de la embajada que era, en realidad, una informadora de la Section de Statistique que reunía los desechos de las papeleras de von Schwartzkoppen y las llevaba a las oficinas de servicio de contraespionaje galo, donde los trozos de papel eran analizados y meticulosamente unidos para acabar conformando documentos originales.

Así es como, en 1894, un alarmado funcionario descubre que von Schwartzkoppen cuenta con un informador de dentro, el cual le ha hecho llegar una lista de documentación militar francesa sensible a la que puede acceder. Dicha lista será conocida con el nombre de bordereau (palabra que, en francés, sirve para describir un listado exhaustivo como, por ejemplo, el manifiesto de un barco).

El documento llegó a manos del mayor Hubert-Joseph Henry quien, al parecer, no quiso reconocer la letra -según se afirmó posteriormente, fácilmente distinguible- manuscrita de un buen amigo suyo, que sería el agente germano, “entreteniendo” el informe antes de hacerlo llegar a sus superiores.

A partir de aquí, e instigados por Henry, los investigadores buscaron erróneamente un sospechoso donde no era. Y, así, se toparon con uno que era perfecto para explotar los prejuicios más profundos de la sociedad gala de la época.

El capitán Alfred Dreyfus había nacido en 1859 en Mulhouse, Alsacia, una de las regiones que Alemania había arrebatado a Francia tras derrotarla en la Guerra Franco-Prusiana (que dió origen, precisamente, al nacimiento del Imperio Alemán), y profesaba la fe judía.

Antisemitismo y revanchismo frente al sempiterno enemigo alemán se juntaban, pues, en un personaje que sirvió de chivo expiatorio. Y así, el 15 de octubre de 1894, Dreyfus era detenido como presunto espía al servicio de Alemania.

Lo que vino a continuación no fue un juicio, si no un linchamiento público que abrió la caja de los truenos en la sociedad francesa, dejando expuestas sus vergüenzas.

La investigación se había llevado a cabo de una forma tendenciosa; para llegar a la conclusión de que podía ser Dreyfus, se había decidido investigar a algún oficial del estado mayor vinculado a artillería, solamente porque en el bordereau había algunas menciones a documentos de artillería (como los había a los de otras armas), aunque se pasaron por alto términos que un oficial de estado mayor no mencionaría en los términos mencionados.

La prueba más sólida que debería haber tenido la acusación era la de la comparació caligráfica, que no fue realizada por expertos, y que sólo se basaba en un parecido muy sui-géneris de ambas escrituras.

De hecho, el pretendido experto (que no lo era en caligrafía), Alphonse Bertillon, creó una teoría que se amoldaba a los hechos y no al revés (es decir, que los hechos deberían haber cuadrado con la teoría): que Dreyfus habría imitado su propia escritura “para despistar”.

Por cierto que algunos de los investigadores (y les doy tal apelativo para hacerles un favor) eran abiertamente antisemitas. Y Dreyfus era el único oficial judío en el estado mayor en aquel momento...

Si bien en un primer momento se buscó guardar en secreto el caso, este fue del conocimiento del público a partir de la filtración que de él hizo el periódico antisemita La Libre Parole.

El rotativo era tendenciosamente antidreyfusiano por ser antisemita, y siguió marcando esta tendencia durante todo el caso. Los medios de comunicación, como la sociedad, se fracturaron entre dreyfusianos y antidreyfusianos.

La instrucción y el juicio en sí se centraron en pruebas que, en realidad, no consistían en más que lo que a lo sumo hoy llamaríamos circunstanciales o, directamente, no se deberían haber admitido nunca, en ningún contexto, como pruebas.

Al parecer, y según los testigos, Alfred Dreyfus tenía buen conocimiento de lengua alemana algo lógico para alguien nacido en Alsacia, en la cual se habla una variedad dialectal del alemán, además de que a los oficiales franceses se les premiaba por el conocimiento del alemán (Alemania ha sido junto a Inglaterra y España una de las enemigas históricas de Francia). Pero el conocimiento de la lengua era indicio de culpabilidad para la acusación.

De igual manera, el capitán Dreyfus tenía el don de poseer una memoria prodigiosa... que podría servirle para recordar la información que después pasaría a la inteligencia germana. Ante este peregrino argumento, la única reacción posible es el moderno ¡WTF!

La falta de pruebas materiales fue explicada, en el máximo delirio de la acusación, como una prueba incriminatoria en sí misma, ya que el capitán lo había eliminado todo...

Así, siguiendo este razonamiento, es de suponer que a un inocente, algo debería encontrársele... ¿o en este caso sería culpable? No, evidentemente, este razonamiento no tiene ni pies ni cabeza.

Mientras, en la prensa escrita se producía un rifirrafe entre medios contrarios a Dreyfus y los favorables, con editoriales y artículos inflamados. Lo que hoy llamaríamos fake news, artículos difamatorios con falsedades sobre la vida de Dreyfus, eran moneda corriente en los medios antidreyfusianos de la época.

El proceso sufrió de abusos contra Dreyfus y su defensa que, ya entonces, estaban fuera de la legalidad y eran intolerables.

Esto se ejemplifica en la entrega de documentación a los jueces que no pudo ser revisada por la defensa, contraviniendo cualquier espíritu de igualdad ante la ley e imparcialidad de esta. Quienes habían orquestado esta caza de brujas exigían la cabeza de Dreyfus pasara lo que pasara.

Alfred Dreyfus se defendía con vehemencia, desmontando punto por punto y con argumentaciones lógicas, las acusaciones. Pero con todo en contra, la misión no de probar su inocencia, sino que lo creyeran, era imposible.

El 22 de diciembre de 1894, Alfred Dreyfus era hallado culpable de alta traición y condenado a ser degradado (de su rango militar), expulsado del ejército, y a cadena perpetua en un centro penitenciario fuera de la Francia continental.

Dreyfus fue degradado públicamente para mayor escarnio, y llevado primero a un penal en la Guayana y luego en la Isla del Diablo. Sólo por el nombre, ya podemos imaginar que no era precisamente un centro vacacional en el que relajarse, sino una dura prisión privada de los más básicos elementos para un mínimo bienestar.

Y a las condiciones, duras ya de por sí, deben añadírseles un comportamiento brutal de sus carceleros.

Pero si bien este “partido” se había perdido, la eliminatoria no lo estaba, todavía quedaba el “partido de vuelta”.

Mathieu Dreyfus, hermano mayor de Alfred, fue quien empezó a investigar por su cuenta pese a las amenazas recibidas de sectores militares, llegando a dar con el documento secreto que la acusación había mostrado a los jueces.

Poco a poco, la conjura que se había cernido sobre Dreyfus fue siendo desgranada ante el público a través de los periódicos, y el revés definitivo a la acusación fue el cambio del jefe de la Section de Statistique, el Coronel Sandher, por el Teniente Coronel Georges Picquart.

Este, que había seguido con interés el caso, descubrió un documento dirigido al verdadero espía infiltrado en el ejército francés, lo que dejaba totalmente en fuera de juego la causa contra Dreyfus.

Y ¿quien era el amigo del mayor Hubert-Joseph Henry a quien este protegió y que Picquart descubrió?

Ferdinand Walsin Esterhazy, un militar francés con raíces en la aristocracia húngara, y que había llegado a trabajar, paradójicamente, para la inteligencia gala en su sección de contraespionaje, era el espía, actuando motivado por el dinero debido a sus numerosas y abultadas deudas.

La caligrafía de la lista bordereau se correspondía perfectamente con la letra de Esterhazy.

Ante las peticiones de revisión del caso, el estado mayor francés se negó para no admitir el error, prefiriendo llevar a cabo un proceso separado contra Esterhazy y manteniendo la condena a Dreyfus, bajo la premisa de “caso juzgado, caso cerrado”. Incluso se llegó a “desterrar” a Picquart, asignándole destinos en colonias para que “dejara de molestar”.

Henry también participó en la ocultación del error fabricando una prueba falsa contra Dreyfus, consistente en una supuesta carta (realmente nunca existente) enviada por el agregado militar de la embajada italiana a su homónimo de la alemana, inculpando a Dreyfus.

El alto mando y todos los implicados directamente en la condena de Dreyfus temían ser descubiertos, y hacían lo necesario para esconder la conjura e implicar todavía más a Dreyfus. El disponer de un archivo secreto les permitía fabricar pruebas a medida que se necesitaban.

Pero el alud se les venía encima: en 1897, los dreyfusards se enteraban de la identificación de la letra de Esterhazy con la de la lista en poder del agregado militar alemán.

Mathieu Dreyfus presentó una denuncia contra Esterhazy ante el estado mayor francés, haciendo público el escándalo y no dejando más remedio que abrir una investigación.

Influyentes periodistas y escritores, como Anatole France, Paul Bourget y, sobretodo, Émile Zola, abrazaran públicamente la causa dreyfusista, así como convencerán a notables políticos como Léon Blum.

Pero aún así, el estado mayor seguía negándose a reabrir el caso e, incuso, parecía querer salvar a Esterhazy sacrificando a Picquart.

Esto se confirmó con el juicio a Esterhazy, que no guardó ninguna legalidad en las formas, y en las que el acusado acabó saliendo exonerado, mientras que se acusaba a Picquart y se le depuraba sin ser culpable de nada más que dar a conocer la verdad.

Es en este clima que, ya en enero de 1898, que Émile Zola firma su célebre J'accuse, un artículo en el que explicita y denuncia, con nombres y apellidos, la conjura contra Dreyfus.

Y ¿adivináis lo que hicieron los implicados? Efectivamente, denunciar a Zola por difamación, lo que sólo consiguió poner el caso Dreyfus en el ojo de la opinión pública y el centro del debate. Zola se defendió con una retórica brillante contraatacando y explicando detalles del caso Dreyfus.

¿Por qué? Simple: el juicio a Alfred Dreyfus había sido realizado a puerta cerrada, así que la opinión pública desconocía sus detalles.

Gracias al juicio a Zola, el público se enteró de toda la conspiración, por los detalles del juicio al escritor que trascendieron a la prensa.

Finalmente, Zola fue condenado a un año de prisión y el pago de una importante multa, y acabó por exiliarse en Inglaterra durante un breve periodo de tiempo, pues en Francia su seguridad personal peligraba.

En 1898 también se celebraron elecciones, y será el nuevo ministro de guerra, Godefroy Cavaignac, quién descubrirá el montaje de las pruebas inculpatorias contra Dreyfus, paradójicamente cuando intentaba demostrar de forma definitiva su culpabilidad, pues era antidreyfusiano.

En el interrogatorio al cual sometió al mayor Hubert-Joseph Henry, este acabó confesando todo el montaje. Sería inmediatamente conducido a prisión, dónde se suicidaría al día siguiente. Y Cavaignac dimitía.

No quedaba más remedio que revisar el juicio. Y, mientras, Alfred Dreyfus desconocía toda esta realidad y la lucha que medio país estaba llevando a cabo contra el otro medio para que se reconociera su inocencia.

El 3 de junio de 1899, el tribunal de casación anulaba la sentencia de 1894 y daba lugar a la apertura de un nuevo consejo de guerra. Dreyfus era transferido de la Isla del Diablo a la prisión militar de Rennes, en la Francia continental.

No obstante, en el nuevo juicio también se lo hallaría culpable, aunque se le daba pena “solamente” de diez años gracias a circunstancias atenuantes. Su defensa, seguiría sin renunciar a la absolución total. El proceso nuevamente fue adulterado, anulando las confesiones de Henry y Esterhazy, algo inaudito.

A finales del mismo 1899, se le ofrece a Dreyfus un perdón presidencial, que si bien era reacio a aceptar, acabará haciéndolo para poder reunirse con los suyos.

Pese a que esto decepcionó a sus partidarios, hay que comprender lo que había padecido el pobre hombre entre la acusación, los dos juicios y el presidio. Por lo menos, ahora, podría vivir en libertad.

No obstante, Alfred Dreyfus era un hombre de honor y, viendo este manchado, en 1903 solicita una revisión de su caso.

El caso volverá a ser estudiado entre 1904 y 1906 de forma meticulosa y, finalmente, en 1906 Dreyfus será rehabilitado (así como Picquard) y readmitido en el ejército. El mismo año se le nombrará caballero de la Legión de Honor.

¿Y como acabó Esterhazy? Pues exiliado en Inglaterra, acabó sus días allí, sin pena ni gloria pero evadiendo en libertad a la justicia francesa.

Uno podría pensar que, tras el trato recibido por “la patria”, Dreyfus no habría querido saber nada más de Francia. Pues bien, como buen patriota, y sin rencor al país en sí (aunque podemos suponer lo que debería pensar de quienes lo acusaron injustamente), Dreyfus no dudó en alistarse en 1914 para combatir en la nueva guerra contra Alemania.

El caso Dreyfus no solamente destapó el antisemitismo y el violento nacionalismo existente en el seno de la sociedad francesa, sino que tensionó dicha sociedad hasta extremos de un clima pre-bélico de guerra civil, en el que incluso hubo altercados antisemitas.

Pocas veces un juicio ha atraído tanta atención y tensión. Pero es que pocas veces la justicia había sido doblegada hasta tal extremo.

Y Francia todavía se ve marcada por el caso; no recuerdo exactamente cuándo fue, pero recuerdo haber visto de joven alguna acusación al respecto en la Asamblea Nacional francesa. Debería ser en los años 80, casi un siglo después de que pasara todo...

Fotos Fotolia: Rider

 
 
 
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