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Definición de Carlismo

El carlismo es una de las formas más visibles y descarnadas en las que se ha mostrado lo que se ha dado en llamar “las dos Españas”.

El carlismo es una doctrina política monárquica de cariz conservador y católica, nacida tras las guerras napoleónicas, y que se opuso al aperturismo del liberalismo.

Históricamente nace con la muerte del rey Fernando VII, heredero de Carlos IV, el cual había conseguido cambiar la ley de sucesión para poder coronar a su hija, Isabel, en detrimento de su hermano, Carlos María Isidro (de cuyo nombre, Carlos, hereda su nombre el carlismo).

El mismo Carlos María Isidro y sus seguidores se encargaron de protestar y conjurar contra la futura reina ya antes de la muerte de Fernando VII, pues este modificó la ley de sucesión todavía en vida.

No obstante, el enfrentamiento escondía raíces un poco más profundas.

Podemos leer el conflicto carlismo-conservadurismo (político, social y religioso) versus liberalismo (político, social, y con la desacralización social, ni que fuera parcialmente) como uno de los efectos de la revolución francesa de 1789.

Esta, y pese al golpe de estado de Napoleón y la restauración monárquica que vino tras la derrota del emperador, dejó profundas marcas en la sociedad de todos los países europeos, e incluso extendiendo su influencia a buena parte del mundo, especialmente el continente americano.

Como parte de esta influencia se encuentra la voluntad de mayor libertad por parte de la ciudadanía, hasta el levantamiento popular francés, todavía arrastrando los restos de la sociedad feudal (y que en algunos países se alargaría, como en Rusia hasta la revolución de 1917).

En España, la ocupación francesa es aprovechada por los liberales, que lideraron la resistencia, promulgando una constitución (la de Cádiz de 1812) de corte liberal.

Este avance liberal fue cortado de raíz por Fernando VII a su retorno, aunque ello no apagó los deseos de consecución de mayor libertad social.

Es por ello que el periodo de la restauración monárquica en España tras las guerras napoleónicas es visto como una época de grandes tensiones político-sociales debido a las dos visiones contrapuestas: el conservadurismo y el liberalismo.

Los carlistas, encabezados por el hermano del rey Fernando, consideran ilegal la pragmática sanción que permite reinar a la hija del rey.

Esto los legitima, a su ver, para rebelarse contra la nueva monarca (el mismo Carlos María Isidro se negó a prestar juramento de lealtad a la reina).

Esta rebeldía se materializó, a lo largo del siglo XIX, en tres guerras civiles, las llamadas “guerras carlistas”.

La primera, más sangrienta y más dilatada (1833-1840) de estas tres guerras se produjo de forma casi inmediata a la muerte de Fernando VII.

Los partidarios de Carlos María Isidro le proclamaron rey legítimo con el nombre de Carlos V, y se produjeron levantamientos a lo largo y ancho de todo el país.

Pese a que los carlistas acabaron siendo derrotados, su movimiento consiguió triunfos, apoyos y un eco importante en el noreste del país, especialmente en las regiones del País Vasco, Navarra (que se acabaría convirtiendo en uno de los feudos del movimiento), Cataluña y Valencia.

La segunda guerra carlista (1846-1849) se libró principalmente en Cataluña, y tuvo un impacto mucho menor que el conflicto precedente.

El carlismo demostró con este enfrentamiento que estaba vivo y muy arraigado en una parte de la población, aunque había perdido cierto fuelle.

Paralelamente, y pese a las derrotas y a tener que exiliarse (murió en Trieste en 1855), Carlos María Isidro, reclamando su trono como Carlos V, había iniciado una nueva línea sucesoria, una nueva rama de la familia Borbón que se extiende hasta la actualidad.

La tercera guerra carlista (1872-1876) afectó otra vez al nordeste del país, como en la primera, aunque con menor incidencia armada.

No fue el canto del cisne de la iniciativa armada del carlismo, pero sí significó la última vez que los carlistas se levantaban por su propio pié.

Pese a las derrotas militares, el carlismo siguió vivo políticamente, con diversos partidos que recogieron su herencia. La larga historia del carlismo provoca también divisiones internas como, por ejemplo, su alianza en Cataluña con el catalanismo político, que otorga un corte federalista o confederalista al movimiento en esta región.

La última contienda armada en la que participó el carlismo activamente fue la Guerra Civil Española (1936-1939).

En dicho enfrentamiento, los carlistas se encuadran en el bando sublevado, contrarios a la República y a los ideales que esta representa. Su ideología, no obstante, quedó “descafeinada” en la organización política resultante del Decreto de Unificación de 1937, el cual suprimía la Falange y la Comunión Tradicionalista Carlista como partidos independientes, y los fusionaba en una nueva organización.

En 1936, además, moría el último descendiente directo de Carlos María Isidro (Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este, Alfonso Carlos I) sin descendientes, siendo elegido como regente Francisco Javier de Borbón-Parma.

Durante el franquismo, el carlismo dio pasos para situar a su pretendiente, Carlos Hugo de Borbón-Parma y Bourbon-Busset (Carlos Hugo I) como sucesor del dictador, aunque finalmente sería Juan Carlos I (heredero de la rama borbónica que ya había reinado hasta 1934 en el país) el sucesor elegido.

El carlismo continúa vivo hoy, aunque muy mermado. El conservadurismo político mayoritario hoy en día ha dejado de lado muchos de los postulados de base del carlismo tradicional, por lo que los militantes de este último movimiento han ido marchándose progresivamente a otras formaciones conservadoras pero más moderadas.

Foto: Fotolia - Archivist

 
 
 
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