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Definición de Batalla de las Ardenas

Recordada como la última ofensiva alemana en el frente occidental durante la Segunda Guerra Mundial, la Batalla de las Ardenas es también recordada por su crudeza y los crímenes de guerra cometidos por las unidades de las SS.

La batalla de las Ardenas consistió en el intento alemán de contraatacar a las fuerzas aliadas con el objetivo de avanzar hacia el Canal de la Mancha hasta Amberes, partiendo en dos dichas fuerzas, en un movimiento que recordaba al realizado durante el ataque a Francia de 1940.

Los norteamericanos la conocen como the Battle of the Bulge (del bulto), por el saliente que las tropas germanas crearon en su avance.

Desde el Desembarco de Normandía, las tropas aliadas habían avanzado rápidamente a través de Francia, y desde el desembarco en la región de Provenza, los alemanes habían ayudado a la rapidez de movimientos replegándose con gran velocidad hacia sus fronteras con el objetivo de no quedar embolsados en territorio galo.

Hitler quería sellar la guerra en el oeste con una ofensiva definitiva que obligara a británicos y norteamericanos a negociar un tratado de paz, para así poder centrarse en la guerra en el este.

El objetivo era tomar Amberes, con lo que los alemanes “robarían” a los aliados su principal puerto de abastecimiento, a la par que partirían sus fuerzas en dos y podrían embolsarlas.

La situación de tensión en la que pondrían a las tropas y los respectivos gobiernos, junto a la situación de desmoralización en el ámbito civil, sería, en opinión de Hitler, la que llevaría a las potencias aliadas a negociar un alto el fuego y un posterior tratado de paz.

El dictador germano también aprovechó que los aliados habían parado sus acciones ofensivas a fin de estabilizar y dar descanso a sus ejércitos, avituallarlos y prepararlos para el asalto definitivo a Alemania.

Los alemanes hicieron acopio de todo el material de guerra que pudieron para iniciar la ofensiva, así como de sus tropas más veteranas, lo que se demostraría a la postre un error.

La ofensiva partía con dos elementos de ventaja para el ejército alemán: por un lado, el efecto sorpresa, puesto que los mandos aliados ni esperaban una operación ofensiva ni la temían de esta envergadura, y por otro lado la climatología.

El mal tiempo y las nubes que azotaron la región durante los primeros días anularon la apabullante superioridad aérea aliada, por lo que los aviones británicos y norteamericanos no pudieron prestar soporte a sus tropas de tierra.

La idea era, como en 1940, irrumpir por las Ardenas, un terreno duro, y embestir contra las fuerzas norteamericanas, a las que Hitler creía erróneamente más débiles por naturaleza.

El 16 de diciembre de 1944 se iniciaba la batalla con la acción ofensiva germana. Rápidamente, la Wehrmacht utilizó sus unidades panzer como punta del ataque en dirección oeste-noroeste, con Lieja, Bastogne y Luxemburgo como objetivos más inmediatos en su camino hacia Amberes.

La sorpresa aliada fue total, y las bisoñas tropas norteamericanas fueron vapuleadas, de tal modo que los alemanes hicieron millares de prisioneros.

A esta sorpresa también contribuyeron con cierto caos infligido las tropas especiales de la Wehrmacht, los comandos llamados “Brandenburger”; entrenados para infiltrarse vistiendo uniformes enemigos y hablando un perfecto inglés, se dedicaron a cambiar letreros indicadores de carreteras y a efectuar golpes de mano. Su uso fue criticado a lo largo de toda la guerra por algunos mandos alemanes, como el mariscal Erwin Rommel, por no estar acorde con las reglas de la guerra.

Pese a todo esto, los alemanes -y en especial Hitler- habían pecado de arrogancia, y las tropas más experimentadas de los norteamericanos demostraron ser unos excepcionales luchadores.

En los puntos en los que consiguieron aguantar, provocaron graves problemas a los alemanes, formando bolsas de resistencia que dificultaron el avance germano y lo retrasaron, algo que a la postre se demostró fatal para las pretensiones de Hitler.

Bastogne fue la ciudad que mayor resistencia opuso, quedando sitiada pero sin rendirse hasta que las tropas aliadas de refuerzo pudieron acudir en su ayuda.

Famosa fue la respuesta del general McAuliffe, comandante de las fuerzas defensoras de la ciudad, ante el ultimátum de rendición presentado por las tropas germanas asaltantes: “nuts!” traducida del inglés al español como “narices” o “pelotas” (o sinónimos más fuertes que el amable lector seguro podrá encontrar por su cuenta...).

A partir del 23 de diciembre, las condiciones meteorológicas mejoran, lo que permite a la fuerza aérea aliada despegar para hacer valer su superioridad.

En este momento se invierten las tornas, y aunque los alemanes intentaron mantener su ofensiva en los días siguientes, su esfuerzo chocó contra un muro infranqueable.

Para intentar suprimir la superioridad aérea aliada, la Luftwaffe lanzó, de forma bastante temeraria y arriesgada, una gran operación contra los aeródromos aliados, buscando con ello destruir el máximo número de aparatos enemigos en tierra.

Si bien, el teórico triunfo en esta operación recayó en el bando alemán, fue una victoria pírrica, pues las pérdida sufridas por la Luftwaffe no pudieron ser repuestas, mientras que pese a ser altas, las pérdidas de los aliados sí pudieron ser repuestas gracias a la inacabable potencia industrial norteamericana.

Al frenar la ofensiva alemana, la línea de frente había quedado en forma de saliente que incidía en el territorio aliado (de ahí el nombre americano de Battle of the Bulge).

Dicho saliente sería eliminado de forma “tradicional”, es decir, con un ataque combinado desde el norte y el sur a su base para embolsar y aislar a las tropas más alejadas, o bien forzar su retirada a las posiciones iniciales.

Del ataque norte se encargarían los británicos al mando de Montgomery, mientras que los norteamericanos de Patton avanzarían desde el sur.

La mayoría de las tropas alemanas consiguió volver a su línea de frente, aunque ello fue a costa de abandonar numeroso equipamiento.

Entre dicho equipamiento se encontró un alto número de carros blindados, acuciados por la falta de combustible desde que los aliados borraran del mapa los pozos de Ploesti (Rumanía), último campo petrolífero de grandes dimensiones que quedaba en territorio controlado por el Reich.

La consecuencia directa del resultado de la Batalla de las Ardenas fue el fin de cualquier veleidad ofensiva alemana que, a partir de ahí, pasaría a estar exclusivamente a la defensiva.

La derrota germana se saldó con la pérdida de sus tropas más curtidas, lo que dejó a las más bisoñas a cargo de la defensa del país.

Tras la batalla, el ejército alemán se parapetó en la Línea Sigfrido, una fortificación estática que daba la réplica a la Línea Maginot francesa, y que pese a lo formidable de sus estructuras, no aguantó la embestida de los aliados para entrar en Alemania.

Una de las características de la ofensiva fueron las atrocidades y crímenes cometidos por fuerzas de las Waffen SS en su avance.

Dichas fuerzas, una cuarta rama del ejército alemán (Wehrmacht) estaban compuestas por fanáticos nazis que no respetaban ni la vida de sus oponentes ni las convenciones de la guerra. Este fue el caso de la masacre de Malmedy.

A posteriori, y una vez descubiertos los crímenes, las acciones de revancha por parte de los soldados norteamericanos tampoco se hicieron esperar. Fue el caso de la masacre de Chenogne.

Foto: Fotolia - Jenny Thompson

 
 
 
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