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Definición de Almogávares

La gente de frontera tiene fama de ser muy dura, y de ello tenemos ejemplos de sobra en la expansión estadounidense hacia el oeste. Con mucha anterioridad, en la Europa medieval, encontramos otro fenomenal ejemplo de esta dureza: los almogávares.

Las compañías de almogávares fueron compuestas por mercenarios venidos, sobretodo, de las tierras fronterizas del reino de Aragón y del condado de Barcelona, que durante la edad media participaron en la llamada Reconquista de la Península Ibérica y, posteriormente, en diversos episodios bélicos por el Mediterráneo.

Aunque fueron estos últimos los que les granjearon fama universal, su actividad como compañías de soldados de fortuna empezó en la Reconquista, ayudando al conde y rey Jaime I de Cataluña y Aragón en su conquista de Valencia y las Islas Baleares.

Probablemente, su origen se encuentre en la recluta de la gente de frontera para protagonizar incursiones de saqueo y punitivas a territorio “sarraceno” (controlado por los musulmanes), una actividad sin duda lucrativa y en la que probablemente aquellos que la protagonizaban acabaron viendo una salida mucho mejor a la de vivir de la tierra o de lo que buenamente pudieran.

El soldado mercenario almogávar vivía una vida frugal y espartana en el campo de batalla, lo que hizo que estos se ganaran todavía una mayor fama de belicosos, a la par que supuso problemas para quienes los contrataba.

Protegidos solamente por su ropa y unas protecciones ligeras de cuero, estaban armados con lanza, un puñal largo a modo de espada (el coltell, un vocablo que en catalán significa cuchillo), y un par de dardos.

En su zurrón, llevaban raciones de pan para dos días, y vivían del saqueo. El problema es que esto no sólo lo hacían en el campo enemigo, sino que, sin muchos miramientos, también acostumbraban a hacerlo en campo propio, que es precisamente lo que ocasionaba problemas a quien los contrataba.

No luchaban según ningún código, no eran “caballerosos” y, bien al contrario, se mostraban brutales, granjeándose una fama que ya asustaba al enemigo antes incluso de entrar en combate.

Así, por ejemplo, hacían frente a las cargas de caballería degollando a los caballos o hiriéndolos en el vientre, una práctica considerada poco caballerosa para la época aunque los almogávares no eran los únicos que la llevaban a cabo.

Tras la finalización de las guerras de reconquista por parte de la Corona Catalano-Aragonesa, los almogávares fueron requeridos en Sicilia.

Este era un territorio geoestratégicamente importante, en disputa entre la Corona de Aragón y Francia. Sirvieron al Rey Federico II de Sicilia hasta la firma de la paz de Caltabellota (1302). Nuevamente, y con su licenciamiento, los almogávares empezaron a representar un problema para sus antiguos contratadores.

La solución llegó en forma de otro nuevo contrato, esta vez requeridos por el emperador Andrónico II, un trabajo que les haría saltar a las páginas de la historia.

Formada la Compañía Catalana de Oriente, estos empezaron a luchar, en nombre de Bizancio, para recuperar las posiciones perdidas por el Imperio en Asia Menor, con gran éxito por parte de los mercenarios.

Es en esta época cuando se hace famoso su grito de guerra, “desperta ferro!” que, en catalán, significa literalmente “despierta hierro” y se refería a sus armas, aprestándolas para despertarlas en vista del enfrentamiento.

Este grito se profería a la vez que se hacía repicar el arma correspondiente contra las piedras que se encontrasen en el lugar, provocando con ello ruidos e, incluso, chispas.

La visión de aquellos luchadores tan rudos, tan convencidos, y con la fama que acarreaban, provocaba que muchas veces ejércitos en clara superioridad numérica entrasen en batalla contra los almogávares con el factor psicológico en contra, lo que explica algunas de sus memorables victorias en suelo turco.

A la llegada de los mercenarios, el emperador casó al jefe de estos (Roger de Flor) con su prima (María de Bulgaria).

La intervención catalano-aragonesa irritó a los genoveses, que veían peligrar su influencia e intereses en el Mediterráneo oriental, a la par que generaba celos en el hijo del emperador y algunos dignatarios bizantinos, que veían a Roger de Flor como alguien que intentaba medrar en la corte para... ¿acabar asumiendo el poder imperial?

Parte de los residentes genoveses en Bizancio se rebeló contra los almogávares, siendo masacrados por estos, una masacre que solo pudo terminar las súplicas de Andrónico II. A partir de aquí, Roger de Flor es urgido para que parta a Asia Menor.

Ya en territorio dominado por los turcos, los almogávares conseguirán una primera victoria relámpago en el río Cízico, a la cual seguirán varias batallas en su ruta para salvar Filadélfia (la actual Alaşehir turca) del sitio al que estaba sometida.

El comportamiento de los almogávares durante este tiempo y esta campaña y, en especial, de su comandante Roger de Flor, dejaba mucho a desear para los griegos de Asia Menor, pues lo hacían con brutalidad y como si las posesiones fueran suyas, no de los bizantinos.

Los almogávares se habían ganado demasiados enemigos, tanto fuera como dentro del Imperio, lo cual les pasó factura.

En una cena a la que el hijo del emperador, Miguel, invitó a Roger de Flor y sus capitanes, estos últimos fueron asesinados a traición.

A la acción le sigue una verdadera caza de almogávares que, instigada por los genoveses, se convierte en una “caza” a todos los catalanes, aragoneses, valencianos y, en general, a cualquier persona originaria de territorios ligados a la monarquía catalano-aragonesa.

El remedio fue peor que la enfermedad: los almogávares supervivientes se atrincheran en Galípoli e inician lo que se conocerá como “venganza catalana”.

Berenguer de Entenza es nombrado nuevo comandante de los almogávares, pero este será capturado durante una operación dirigida al corazón del Imperio, dejando a Ramon Muntaner (quien con posterioridad relatará en su crónica la aventura de la compañía en oriente, aunque con una visión muy partidista de los hechos) como comandante.

En Galípoli se producirá una de las batallas que acrecentaron la fama de los almogávares: rodeados por una hueste muy superior y no pudiendo permitirse el constante goteo de bajas, los mercenarios (ahora un ejército que lucha por su honor y su supervivencia) deciden realizar una salida y enfrentarse a las tropas bizantinas a campo abierto.

El resultado es estremecedor: con unas bajas de un caballero y dos peones, los almogávares provocan, según las crónicas, 26.000 bajas, 6.000 de las cuales caballeros, en el bando enemigo.

Aunque sin duda exagerado, el resultado refleja una superioridad avasalladora de los catalanes, y una constante en los campos de batalla de la antigüedad: el enemigo que huye sufre muchas más bajas que el bando que los persigue.

A partir de Galípoli, los almogávares desatan lo que hoy conoceríamos como “guerra total”, con una política de “tierra quemada”.

Su comportamiento en la venganza es tal que, todavía hoy, en Turquía, Grecia, Albania y zonas de los Balcanes, en vez de amenazas a los niños con “el hombre del saco”, se les amenaza diciéndoles que “vendrá un catalán, y te llevará con él”.

En su campaña, los almogávares crearon un pequeño estado militar en Galípoli, y siguieron saqueando territorios: Tracia, el Estrecho de los Dardanelos, los alrededores de Bizancio,...

También durante este tiempo, aumentan sus efectivos con la incorporación de desertores griegos, mercenarios alanos, turcos e italianos. Quien tenía ganas de botín y/o sed de sangre, tenía un lugar entre los almogávares, necesitados de brazos y espadas, rodeados en territorio hostil como estaban.

A partir de aquí, los almogávares entran al servicio de diversos señores locales, entre ellos el duque normando de Atenas, Gautier V de Brienne.

Para él, los almogávares recuperarán varias ciudades, pero se verán nuevamente traicionados cuando este se niegue a pagarles la soldada.

En el río Cefis se enfrentarán la compañía de almogávares contra las huestes de Gautier, muy superiores en número estas últimas, y nuevamente, los mercenarios conseguirán una victoria brillante.

Esta vez, ayudados por un elemento: el agua. Aprovechando un suelo pantanoso, embarraron el campo, dejando a la pesada caballería de estilo normando inutilizada y a merced de la infantería almogávar, mientras la caballería catalano-aragonesa perseguía a la infantería franca en fuga.

Conquistada Atenas, los almogávares hacen de esta ciudad su capital, jurando fidelidad al rey de Sicilia e imponiendo en sus dominios griegos la misma legislación vigente en los territorios de la Corona Catalano-Aragonesa.

Ocho años antes de su caída final, los ducados de Atenas y Neopatria (nombres de las entidades políticas establecidas por los almogávares en tierras griegas) pasaron a formar parte formalmente de las posesiones de la Corona Catalano-Aragonesa.

Pero todo tiene un final, y tras casi ochenta años de dominio, los territorios ocupados por los almogávares fueron conquistados por la República de Florencia.

En el camino, los duros hombres de frontera se habían establecido, perdiendo con ello -y según algunos historiadores- buena parte del ardor guerrero que les había llevado a señorear Asia Menor y a batir enemigos muy superiores en número.

No obstante, la leyenda no se la quita nadie, incluida la mala fama en algunos lugares por los que pasaron.

Basta decir que en los monasterios del Monte Athos, un conjunto saqueado y devastado por los almogávares, no se permitía la entrada hasta principios de este siglo a quien declarara ser catalán.

Teóricamente, dicha prohibición fue anulada en 2005, cuando la Generalitat (el gobierno autonómico de Cataluña) pagó la restauración de uno de los monasterios.

Foto: Fotolia - tbaeff / channarongsds

 
 
 
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