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Definición de Cataluña

Hubo una época en la cual, hasta los peces del mar Mediterráneo lucían en su espalda la enseña cuatribarrada de Cataluña; o, por lo menos, así rezan las crónicas de la época... las catalanas, claro.

Por su lucha por la independencia que se observara vivamente durante 2017 que pone a prueba las instituciones políticas españolas, Cataluña tiene, como otras viejas naciones europeas, una rica y variada historia, que es también la del viejo continente.

Cataluña es una nación histórica del continente europeo, actualmente sin estado, y con sus territorios divididos entre los estados español y francés.

El territorio que a día de hoy conocemos habitualmente como Cataluña es el que se circunscribe a la comunidad autónoma española de Cataluña, aunque su territorio histórico es más extenso, ocupando también una pequeña parte del sur de Francia (la llamada Cataluña Norte, con capital en Perpiñán) y una franja al oeste actualmente en la comunidad autónoma de Aragón (la llamada, precisamente, Franja de Aragón o, simplemente, “la Franja”).

Como tantas otras naciones y estados europeos, la historia de Cataluña arranca en el medievo, a partir de la llamada “Marca hispánica”.

Este territorio se formó a partir de las conquistas del reino franco a los musulmanes peninsulares, y se dividió en condados. La fusión cultural y lingüística del pueblo llano visigodo, junto a la aristocracia de origen franco (y elementos también visigodos), dio lugar a la identidad catalana, que se vió desarrollada gracias a una independencia de facto, originada en la imposibilidad del rey franco de ayudar al conde de Barcelona ante una incursión musulmana procedente del sur de los condados catalanes.

No se sabe a ciencia cierta de dónde procede la denominación “catalán”, aunque una teoría apunta a que tendría su origen de forma muy similar a Castilla (“tierra de castillos”), pues el gobernador de un castillo se denominaría castlà en la lengua local de la época (un catalán en estado inicial).

Otras teorías apuntan a un origen gótico (Gotlandia, “tierra de godos”, que es lo que sería para los francos), o incluso al nombre de un noble. Las primeras referencias documentales al nombre Cataluña se remontan al siglo XII.

Tras la unificación político-militar de los diversos condados catalanes (hasta entonces, entidades semi independientes, interdependientes por lazos familiares y políticos) bajo el dominio del condado de Barcelona, Cataluña se articula como nación.

Durante este periodo, que coincide con la llamada edad media en Europa, Cataluña se expande hacia el sur a costa de los reinos de taifas musulmanes, en el proceso conocido globalmente como Reconquista, y que lleva también al nacimiento y expansión de otros reinos peninsulares como el de Castilla, León (que, a la postre, se fusionarán), o Portugal.

En 1162, la dinastía de los condes de Barcelona se unía, por matrimonio, a la del reino de Aragón, fundando la Corona Catalano-Aragonesa.

El motivo fue la muerte, sin descendencia masculina, de Ramiro II de Aragón, que había dado a su hija Peronela en matrimonio al conde de Barcelona Ramon Berenguer IV.

Este hecho ha sido utilizado por el nacionalismo español para justificar que Cataluña nunca había existido como estado independiente, sino que ha sido un apéndice bien del reino franco, bien del aragonés, citando incluso que el soberano catalán era de inferior rango que el aragonés, conde frente a rey, y obviando que durante la edad media, tanto condados, como principados, como reinos, como repúblicas, coexistieron como estados soberanos en el mapa.

La unión con Aragón fue dinástica, pero no entre estados, coexistiendo las dos entidades político-sociales diferenciadas, cada una con su moneda, su ejército, y sus propios intereses, en forma de confederación.

La expansión catalana también se realiza al norte de los Pirineos, mediante matrimonios políticos, con los territorios de Occitania. Dicha expansión será frenada en seco por un emergente reino de Francia en la Batalla de Muret (1213).

En esta, perderá la vida el soberano Pere I, apodado “el católico”, y padre de Jaume I, quien será hecho rehén por los cruzados franceses. A su mayoría de Edad, Jaume (Jaime en castellano) se erigirá como el gran conde catalán, artífice de la conquista, junto a los aragoneses, del Reino de Valencia, y ya como empresa catalana, de las Islas Baleares.

Es esta la gran época del dominio catalán en el Mediterráneo que narran las crónicas (y a la que hacía referencia al principio con la mención de los peces), en la que Cataluña crea un pequeño imperio al que suma el Reino de las dos Sicilias (la isla de Sicilia y Nápoles), Cerdeña, y las conquistas de los almogávares en Grecia, que estos ponen bajo jurisdicción de la Corona Catalano-Aragonesa.

En 1410 muere el último conde de Barcelona de la dinastía de Guifré I (s.IX), Martí l’Humà, sin descendencia masculina legítima, lo que lleva a la elección de un nuevo soberano, título que recae sobre Fernando I de la dinastía castellana de los Trastámara.

Cataluña continúa como entidad política independiente confederada con Aragón, Baleares y Valencia, pero cada vez va perdiendo más peso e influencia en la política peninsular en favor de Castilla que, poco a poco, se va erigiendo como el reino más poderoso de entre los peninsulares.

Pero la unión dinástica de las coronas castellana y catalano-aragonesa se producirá con el matrimonio de Isabel I de Castilla y de Ferran II de Cataluña y Aragón, los famosos reyes católicos, en 1479.

Este es, actualmente, otro argumento más exhibido por el nacionalismo español para justificar la unidad de España, que se desmonta con hechos tan simples como el funcionamiento social y militarmente como entidades distintas, y el hecho que Castilla se expandiera hacia el Atlántico (América) mientras que Cataluña lo hacía en el Mediterráneo. Cada país, pues, con sus respectivas áreas de influencia y con una política exterior coordinada, aunque cada uno por su lado (hasta 1714, Cataluña disfrutó de embajadores propios en las principales cancillerías europeas).

Cataluña ya está en fase de decadencia como potencia política y militar, lo que unido a una brillante etapa de auge y expansión de Castilla, con un imperio que también salpica Europa, llevan a una “castellanzación” de la sociedad catalana (si, hecho también utilizado actualmente por el nacionalismo español).

Hasta el final de la guerra de sucesión, en 1714, Cataluña mantiene un carácter nacional y sus correspondientes instituciones y burocracia diferenciados de los castellanos.

En dicho conflicto, iniciado en 1700 por el testamento de Carlos II de Castilla y Aragón (que legaba su corona al nieto de Luís XIV de Francia, algo que no interesaba ni a Austria ni a Inglaterra), Cataluña -al igual que Aragón, Valencia y Baleares- apoyó al candidato perdedor, el archiduque Carlos de Austria.

Al ser tomada Barcelona el 11 de septiembre de 1714, Felipe V de España eliminaba, a golpe de decreto, todas las instituciones propias de Cataluña, asimilando el territorio y sus leyes a las castellanas.

Desde entonces, Cataluña fue absorbida por Francia un breve periodo durante las guerras napoleónicas, y durante la guerra civil española fue ocupada por las tropas franquistas, que pusieron fin a su autonomía.

Actualmente, y dejando de lado su búsqueda por recuperar la independencia política perdida tres siglos atrás, Cataluña es una de las regiones más ricas del Estado Español.

Lidera en aspectos como el económico o el turístico, y su contribución al PIB del conjunto de España se calcula en un 20%, una quinta parte para un territorio que alberga el 15% de la población (menos de una sexta parte).

 
 
 
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