Definición de Industria Cultural

Theodor Adorno (1903-1969) y Max Horkheimer (1895-1973) desarrollan el concepto de industria cultural, principalmente, en su obra Dialéctica de la Ilustración (1944). Allí, los autores señalan que, con el avance del capitalismo industrial, el modo en que pasa a organizarse la producción cultural se ve condicionado por la lógica general de la producción bajo dicho sistema. Así, la producción de objetos culturales responde a las leyes generales del capital, orientadas hacia la maximización de las ganancias económicas.

Lilén Gomez | Jun. 2022
Profesora en Filosofía

El proyecto de ambos filósofos pertenecientes a la Escuela de Frankfurt, estaba atravesado por una fuerte crítica de la modernidad filosófica, en el contexto de una profundización del desarrollo capitalista. La noción de la industria cultural, en este sentido, hace referencia al modo en que la cultura, bajo dicho sistema económico, deviene en una industria regida por las mismas leyes que la producción de mercancías orientada al consumo de masas.

A su vez, la crítica de la cultura en el marco del capitalismo avanzado se halla también atravesada por la experiencia del ascenso del nazismo y la emergencia de los totalitarismos europeos: las tendencias totalitarias, que habían puesto en marcha el exterminio sistemático de seres humanos, daban cuenta del fracaso del proyecto de la Ilustración. De este modo, aquello que Occidente había presentado como la cultura de la civilización más alta, por oposición a la barbarie, era, en verdad, barbárica.

Asumiendo un carácter industrial, la producción cultural —musical, editorial y cinematográfica— se articula bajo grandes agencias o monopolios que, a su vez, se asocian a otras grandes empresas, conformando una gran maquinaria económica. El beneficio económico es lo que, finalmente, determina la orientación de la cultura de masas. Como resultado, los bienes culturales no son ya productos de orden artístico sino, meramente, mercancías. En este sentido, resultan completamente contradictorios respecto de la función social del arte, marcada por su autonomía.

La función de la cultura en las sociedades industriales

Al convertirse en productos comercializables en el mercado, los bienes culturales son radicalmente transformados en su esencia. Es por ello que, dado el modo en que se someten a la lógica del mercado, ya no es necesario su intercambio mercantil efectivo; sino que, aunque su acceso sea gratuito —como, por ejemplo, en el caso de la difusión radial de la música—, su distribución está sujeta al financiamiento otorgado por los aparatos publicitarios. Es decir, si aquellos productos pueden ser distribuidos gratuitamente, es porque son financiados por la publicidad, que se halla a la base de todas las actividades industriales. De esta manera, lo que se vende no es, necesariamente, el producto cultural, sin embargo, éste está sujeto a la lógica mercantil que hace posible su consumo masivo a través del aparato publicitario.

Por otra parte, al perderse el carácter autónomo del arte en su traducción como industria cultural, su función social también se modifica, de modo tal que la cultura se vuelve un reverso del trabajo mecanizado. Es decir, la esfera del ocio, bajo los términos de la industria cultural, tiene por función el adoctrinamiento de las masas por medio del disfrute, pero no su emancipación. Los productos culturales, regidos por la tecnificación industrial que hacen posible los monopolios, como bienes de consumo, se convierten en objetos alienantes, funcionales a las lógicas de la esfera del trabajo; ya que se utiliza su potencial estético y su capacidad de entretenimiento para la reproducción masiva de la ideología capitalista.

Como resultado de la industrialización de la cultura, los bienes culturales son estandarizados de acuerdo con los criterios del marketing, conservando una diversidad sólo aparente, cuyo objetivo es satisfacer a diferentes grupos de consumidores. La producción de tales bienes se realiza en serie, a partir de un modelo estándar que es replicado masivamente de manera mecánica, de forma tal que, incluso cuando parece existir una amplia diversidad en el mercado, lo que subyace a ello es la reproducción de un mismo formato destinado a cada tipo de consumidor, según sus diferentes intereses.

Luego, la posibilidad de elegir entre distintas opciones es, para los autores, una ilusión que brinda al espectador un mayor grado de satisfacción y, así, lo mantiene sujeto a la propia lógica de consumo.

 
 
 
Por: Lilén Gomez. Profesora en Filosofía, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Desempeño en el ámbito de la docencia y la investigación, en áreas de la Filosofía Contemporánea. Jun., 2022.
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Referencias

Linares, Y. B. (2010). La escuela de Frankfurt y el concepto de industria cultural. Herramientas y claves de lectura. Revista venezolana de economía y ciencias sociales, 16(3), 55-71.
 
 
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