Definición de Hegemonía

La hegemonía es una articulación de poder conforme liderazgo, orientación e influencia, capaz de desarrollarse en distintos niveles socioculturales, políticos y económicos.

Lilén Gomez | Junio 2022
Profesora en Filosofía

El concepto de hegemonía surge hacia el siglo XX, en tanto categoría de análisis que viene a reformular ciertas nociones del marxismo tradicional, dando lugar a la posibilidad de pensar las luchas sociales en el contexto de una articulación entre el socialismo y las democracias contemporáneas a la época.

Se trata de una concepción que resulta de la crítica a un aspecto de la teoría marxista clásica que puede señalarse como determinista, de acuerdo con la cual el desarrollo de la historia avanzaría de manera necesaria, siguiendo un despliegue determinado según leyes. La noción de hegemonía, en este sentido, plantea una dimensión de la contingencia en el seno de los procesos históricos.

La crisis de las categorías anteriores

A partir de la Primera Guerra Mundial, las categorías teóricas tradicionales del marxismo comienzan a ser repensadas, puesto que se presentan como insuficientes para construir un proyecto político que pudiera concretizar las luchas sociales en el contexto de una etapa histórica en la cual se presentaban nuevas contradicciones.

Las luchas sociales, en este marco, atraviesan una fragmentación que problematiza el carácter necesario del despliegue dialéctico de la historia, en los términos en los que había sido planteado por el marxismo clásico. La fragmentación de las luchas sociales requería de un nuevo punto de vista, al cual la noción de hegemonía viene a dar respuesta, poniendo de relieve la dimensión de articulación y alianza entre dichas luchas.

La perspectiva gramsciana

Siguiendo los desarrollos del filósofo marxista Antonio Gramsci (1891-1937), la hegemonía puede ser definida como una dirección política, intelectual y moral. El poder construye hegemonía en tanto tiene la capacidad de obtener el consenso de las masas populares en el marco de relaciones de dominación, y reduce, de esa manera, la necesidad de una coerción sobre ellas.

Los mecanismos de construcción de hegemonía se apoyan sobre un entramando de instituciones —las escuelas, iglesias, museos, partidos políticos, etc—, en las cuales se forma a la población en la ideología dominante, es decir, la ideología propia de la clase burguesa. Éste es un proceso de subordinación pasiva y no de imposición forzada, basado en cierta flexibilidad a partir de la cual la clase dominante es capaz de convertir los intereses de los grupos subordinados a sus propios intereses de clase, bajo la impronta de una “voluntad colectiva”. La ideología dominante se encarna en el entramado de instituciones culturales que, a su vez, producen las subjetividades de los hombres que conforman las masas, modulando su visión del mundo.

A través de tal modificación de la concepción del mundo, los intereses de las masas son dirigidos de acuerdo con los intereses de la burguesía, los cuales se asumen como generales. Así, la teoría gramsciana permite comprender cómo la hegemonía puede torcer el avance necesario de la historia, ya que introduce un campo de contingencia en las relaciones sociales, en la medida en que no siempre es posible identificar al sujeto revolucionario con las clases populares.

La figura de la hegemonía hacia siglo XXI

Los filósofos Ernesto Laclau (1935-2014) y Chantal Mouffe (1943) recuperan los desarrollos gramscianos de manera crítica, profundizando sobre la noción de clase social que se halla a la base de sus elaboraciones.

No existe, según su perspectiva, una relación necesaria entre la identidad de los sujetos sociales y su pertenencia de clase, sino que dicha identidad se construye de forma relacional, en función de una lógica de articulación y contingencia, a la cual responde la construcción de la hegemonía. Es decir, el poder no es el resultado de la disputa entre dos identidades previas (a saber, las identidades que representan a las clases sociales en pugna), sino que es condición de posibilidad de la constitución de esas identidades en sí mismas.

Por lo tanto, el objetivo de la lucha política no podrá ser la eliminación del poder —puesto que éste es constitutivo de las identidades sociales—, sino que, a partir de la noción de hegemonía, se debe repensar cómo es posible compatibilizar aquellas relaciones de poder con los valores de una democracia radical.

La idea de la hegemonía como un campo en disputa, no dado de antemano, que excede la lucha por el poder, permite entender la praxis política como una posibilidad de producir una universalidad desde lo particular y no como una imposición de lo particular por sobre el conjunto social.

 
 
 
 
Por: Lilén Gomez. Profesora en Filosofía, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Desempeño en el ámbito de la docencia y la investigación, en áreas de la Filosofía Contemporánea.
Art. actualizado: Junio 2022; sobre el original de octubre, 2009.
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Referencias

Giacaglia, M. (2002). Hegemonía. Concepto clave para pensar la política. Tópicos, (10), 151-159.
 
 
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