Definición de la Filosofía de Hume

David Hume (1711-1776) es considerado uno de los filósofos referentes de la corriente empirista, quizás, el más escéptico entre ellos, pues elimina todo rastro de racionalismo respecto de sus predecesores (Hobbes, Locke, Berkeley). De acuerdo con la tesis fundamental del empirismo, por oposición al racionalismo, todo conocimiento deriva de la experiencia sensible, sin la cual —es decir, solamente por medio de la razón— no podríamos tener conocimiento alguno. La naturaleza se halla por encima de la razón, por ello, la filosofía debe ceder ante la naturaleza.

Lilén Gomez | Feb. 2022
Profesora en Filosofía

Entre las obras más reconocidas de David Hume se hallan el Tratado sobre la naturaleza humana, publicado en 1739, y las Investigaciones sobre el entendimiento humano, de 1748. No obstante, sus escritos no solamente abarcan cuestiones ontológicas y gnoseológicas, sino también diversas temáticas, como la política y la religión.

La ciencia de la naturaleza humana

Así como, para el racionalismo, las matemáticas constituían el ideal del conocimiento, en virtud de sus juicios universales y necesarios, para el empirismo, este lugar lo ocupaban las ciencias de la observación, caracterizadas por juicios particulares y contingentes. Hume consideraba que, bajo los métodos experimentales formulados por el empirismo, Newton había sido capaz de reconstruir la naturaleza física.

Ahora bien, debía ser posible entonces, de la misma manera, un estudio de la naturaleza humana bajo los mismos presupuestos metodológicos. El interés, luego, no era el de conocer la esencia del hombre, sino estudiarlo como a cualquier otro objeto o fenómeno de la naturaleza, dentro de los límites de la experiencia sensible.

Las impresiones e ideas y el principio de asociación

El contenido de la mente humana procede de la experiencia, es decir, proviene de los sentidos. Si se analizan los hechos de la experiencia, encontramos percepciones, las cuales consisten en impresiones que, cuando provienen directamente de los sentidos, las denominamos sensaciones (por ejemplo, cuando vemos ciertos colores y formas o cuando oímos determinado sonido) y cuando provienen de nuestra propia interioridad, las llamamos impresiones de la reflexión (por ejemplo, cuando nos encontramos en un estado de tristeza o de alegría).

De las percepciones originarias (las impresiones) se derivan las ideas, que son fenómenos de la memoria —cuando provienen del recuerdo—, o de la fantasía —cuando provienen de la imaginación—. La diferencia entre impresiones e ideas consiste en que las primeras resultan más intensas o vivaces.

Así, todo el conocimiento humano deriva, directa o indirectamente, de impresiones. Cuando imaginamos algo que no existe, en verdad, componemos conceptos a partir de cosas conocidas en la experiencia. Para ello, el espíritu sigue leyes de asociación entre de las ideas (por semejanza, por contigüidad espacio-temporal y por causa y efecto).

A partir de estos tres elementos, Hume construye un esquema que le permite explicar el andamiaje del conocimiento humano sin apelar más que al dato de la experiencia. La razón, el espíritu humano, cumple la mera función de ejecutar el proceso de asociación según leyes.

Consecuencias de la teoría empirista de Hume

Como consecuencia de la conceptualización humeana del origen de las ideas, se advierte que ciertas nociones como la identidad de la sustancia, el yo o el alma, la existencia de Dios o, incluso, las relaciones de causalidad, son meros productos que la mente humana pone en marcha sin que por ello tengan una realidad exterior a nuestro pensamiento. La idea de Dios sería, por ejemplo, tan ficcional como la idea de cualquier ser mitológico o la idea que obtenemos al imaginar una montaña de oro.

Por esta razón, la teoría empirista de Hume polemiza de manera radical con el racionalismo anterior. Ahora bien, cabe señalar que, si bien el filósofo reconduce la posibilidad del conocimiento humano a la experiencia y, como contrapartida, caracteriza las ideas como ficciones, esto no quiere decir que aquellas se transformen en fantasías inútiles. El proceso humano por el cual se componen las ideas a partir de la experiencia tiene una finalidad anclada en la conservación de la vida y en su dirección práctica. De este modo, creemos en la existencia de sustancias a las que refieren nuestras ideas, pues resultaría imposible vivir inmersos en un caos de sensaciones desarticuladas.

 
 
 
Por: Lilén Gomez. Profesora en Filosofía, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Desempeño en el ámbito de la docencia y la investigación, en áreas de la Filosofía Contemporánea. Feb., 2022.
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Referencias

Carpio, A. (2003). Principios de Filosofía. Buenos Aires: Glauco.

Giovanni Reale y Dario Antiseri (1992) Historia del pensamiento filosófico y científico. II. Del humanismo a Kant. (Il pensiero occidentale dalle origini ad oggi. Tomo II. Editrice La Scuola, Brescia, quinta ed. 1985), trad. de Juan Andrés Iglesias, Barcelona.
 
 
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