Definición de la Filosofía de Descartes

Descartes consideraba necesario demostrar el carácter objetivo de la razón, que podía alcanzarse de manera metódica. Este modo de proceder de la razón para alcanzar la objetividad será expuesto, en primera instancia, en las Reglas para la dirección de la mente (1628) y en el Discurso del método (1637), cuyo fundamento metafísico aparecerá luego en las Meditaciones Metafísicas (1641) y en Principios de Filosofía (1644).

Lilén Gomez | Ene. 2022
Profesora en Filosofía

El filósofo francés René Descartes (1596-1650) frecuentemente es considerado como el fundador de la filosofía moderna. Sus aportes en el campo del pensamiento no sólo se circunscriben a la filosofía, sino que también alcanzan distintas ciencias, como la física y la matemática (a él se le atribuye, por ejemplo, la formulación de las leyes de refracción de la luz, de la geometría analítica, etc.).

Bertrand Russell sostiene que Descartes fue el primer pensador cuya filosofía estuvo profundamente influida por la nueva física y la nueva astronomía que resultaron de la Revolución Copernicana, iniciada en el siglo XVI.

Descartes consideraba necesario demostrar el carácter objetivo de la razón, que podía alcanzarse de manera metódica. Este modo de proceder de la razón para alcanzar la objetividad será expuesto, en primera instancia, en las Reglas para la dirección de la mente (1628) y en el Discurso del método (1637), cuyo fundamento metafísico aparecerá luego en las Meditaciones Metafísicas (1641) y en Principios de Filosofía (1644).

Las reglas del método

Las Reglas, que se reformulan más tarde de manera simplificada en el Discurso del método, consisten en directivas para impedir a la mente tomar lo falso por verdadero. La primera regla insiste sobre ello: no se debe tomar por verdadero nada que no se conozca con evidencia, es preciso evitar cuidadosamente la precipitación y los prejuicios. La segunda es la regla de análisis, de acuerdo con la cual resulta más sencillo estudiar un problema una vez que se lo reduce a partes menores, hasta llegar a la evidencia, a saber, aquellas cosas simples de las que no podemos dudar. A la regla de análisis sigue la de síntesis, que transforma la reducción a elementos simples inarticulados en una reconstrucción compleja del todo, iluminado ahora por el pensamiento. Por último, la cuarta regla implica enumerar y revisar todos los pasos anteriores, a fin de corregir cualquier error posible.

La duda radical

Si bien Descartes todavía conserva ciertos rasgos de la escolástica —propia del período medieval previo a sus desarrollos—, usualmente su pensamiento se describe como una ruptura radical con la filosofía anterior. Aun cuando el autor no hace explícita una voluntad rupturista, en sus Meditaciones Metafísicas señala, no obstante, la necesidad de rechazar por completo el edificio del conocimiento levantado por sus predecesores, para poder construir uno nuevo desde cero sobre cimientos sólidos. Las Meditaciones exponen los fundamentos de los criterios que sigue el método para conocer la realidad de manera fiable. Es decir, en ellas se explica en qué consisten dichos cimientos sólidos.

Allí, el punto de partida del filósofo es el rechazo de todo conocimiento del que podamos dudar, es decir, de todo aquello que “conocemos” sin certeza. El conocimiento, para ser tal, debe ser absolutamente indubitable, de otro modo, deberá ser abandonado. A esta sospecha hiperbólica o exagerada, llevada adelante como un método para distinguir los conocimientos verdaderos de aquellos sin fundamento científico, se la conoce como duda radical o duda metódica.

La radical plantea dudar absolutamente de todo, forzando la duda hasta sus mismos límites. La justificación metafísica de las reglas del método cartesiano consiste en que tales reglas nos permiten arribar a conocimientos indubitables.

El ego cogito y la prueba de existencia de Dios

Lo primero que se somete a duda es el saber de los sentidos. Sabemos que, en ciertas ocasiones, los sentidos nos engañan (por ejemplo, cuando observamos que algunos objetos se “quiebran” al traspasar la superficie del agua), ¿por qué no suponer que nos engañan siempre? Si llevamos la duda al extremo y suponemos que todo lo que percibimos e incluso nuestros razonamientos son falsos, aun así, podemos estar seguros de que estamos pensando y, luego, de que existimos.

El yo es la primera certeza indubitable, la piedra de toque a la que Descartes arriba siguiendo las reglas del método. Tomando esa certeza como punto de partida, luego, las Meditaciones proceden en la prueba de la existencia divina: la conciencia humana contiene la idea de Dios y, en la medida en que tenemos certeza de que nuestra conciencia existe, entonces tal idea deberá tener un cierto grado de realidad, puesto que es su contenido. La existencia de Dios, una vez probada, funcionará como garantía del criterio de verdad por el cual podemos distinguir los conocimientos genuinos del error y la falsedad.

 
 
 
Por: Lilén Gomez. Profesora en Filosofía, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Desempeño en el ámbito de la docencia y la investigación, en áreas de la Filosofía Contemporánea. Ene., 2022.
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Referencias

Giovanni Reale y Dario Antiseri (1992) Historia del pensamiento filosófico y científico. II. Del humanismo a Kant. (Il pensiero occidentale dalle origini ad oggi. Tomo II. Editrice La Scuola, Brescia, quinta ed. 1985), trad. de Juan Andrés Iglesias, Barcelona.
 
 
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