Definición de Armonía Preestablecida

En relación con la idea de Dios como principio ordenador de universo, la noción de una armonía preestablecida remite a la concepción de que el orden del universo es armónico y se halla contenido en la figura de un creador justo, perfecto y bondadoso, que crea necesariamente el mejor de los mundos posibles.

Lilén Gomez | Jun. 2022
Profesora en Filosofía

La armonía preestablecida es un concepto central en el corpus teórico del filósofo Gottfried Leibniz (1646-1716), considerado uno de los principales pensadores de la época moderna, si bien provenía de una formación en la tradición escolástica. Leibniz introdujo importantes desarrollos en el campo de la metafísica, así como en la matemática y en la geometría. Sus investigaciones metafísicas compatibilizan, en cierto sentido, el dualismo cartesiano con el monismo ontológico spinoziano, bajo la figura de las mónadas, en tanto sustancias individuales.

Existe una jerarquía entre las mónadas que componen el universo, tal que la de mayor jerarquía, a saber, la única mónada necesaria, es Dios, mientras que todas las demás son contingentes. En Dios radica el principio de la pura potencia, es decir, en Dios todas las cosas existen de manera potencial y devienen acto por la voluntad divina. El tránsito de la potencia al acto depende de la voluntad divina, que es suma bondad; por lo tanto, nada ocurre sin razón (lo que se denomina “principio de razón suficiente”) y, a su vez, todo el devenir del mundo se produce de acuerdo con el principio de lo mejor, ya que Dios actualiza siempre —como lo hemos definido— el mejor de los mundos posibles.

Dios y el orden

De acuerdo con este entramado conceptual, el universo es armónico porque cada una de sus partes, que existen potencialmente en Dios, devienen acto en virtud del principio de razón suficiente. Es decir, todo aquello que existe, existe por una razón, la cual responde al entramado del mundo preordenado por la divinidad. Así, el principio de razón suficiente se halla estrechamente ligado a la noción de la armonía preestablecida.

Al mismo tiempo, el ordenamiento del mundo tiene un carácter mecánico y geométrico, de modo tal que el universo se articula según leyes invariables. Como consecuencia, el carácter preestablecido de dicha armonía universal implica una determinación del destino de todos los eventos que tendrán lugar. Todo suceso se halla, entonces, predeterminado.

El problema de la libertad humana

El hecho de que todos los eventos, en virtud de la armonía preestablecida, estén ya ordenados por Dios, hace que el destino sea determinado invariablemente. Esto conduce a dos consecuencias: por un lado, el lugar del mal en el mundo siempre es explicado por una causa más alta, es decir, el mal ocurre en virtud de una armonía que solamente la divinidad puede conocer; de modo tal que tiene una razón de ser, aunque desde la perspectiva humana no sea comprensible. Por otro lado, se presenta como problema la libertad humana, en términos de hasta qué punto el hombre es capaz de tomar decisiones voluntarias en el contexto de un mundo preordenado.

La apuesta leibniziana, en este sentido, consiste en conciliar libertad y determinación. Si bien todo evento está determinado por necesidad, aun así, la libertad del hombre es necesaria para que dichos eventos se desencadenen. La sustancia divina comprende a todas las sustancias individuales, de manera total, y se halla determinada por sus propias causas. A su vez, las sustancias individuales componen aquella sustancia universal armónica.

La determinación de cada sustancia individual, a saber, de cada mónada, es esencial y proviene de su interior; en otros términos, los cambios que atraviesa la mónada los trae ya consigo y se despliegan progresivamente.

Leibniz ubica la necesidad en el ámbito de la armonía total, pero no en la fluctuación entre estados que atraviesa una mónada, los cuales resultan contingentes. El cuerpo y la mente humana, como mónadas individuales, siguen sus propias leyes y, todas ellas en conjunto, reflejan dicha armonía mayor. Luego, la voluntad humana recibe cierta inclinación, pero no se encuentra determinada en acto, es decir, los sucesos no se vuelven necesarios, a pesar de ello. El hombre despliega su ser de manera contingente, si bien su libertad no es absoluta, como sí es la libertad divina.

 
 
 
Por: Lilén Gomez. Profesora en Filosofía, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Desempeño en el ámbito de la docencia y la investigación, en áreas de la Filosofía Contemporánea. Jun., 2022.
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Referencias

García Alcalá, F. (2018). Leibniz y la compatibilidad entre determinismo y libertad.
 
 
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