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Definición de Ahorro



Se denomina ahorro a la diferencia de dinero con la cual cuenta una persona o una empresa y que está determinada por la remuneración económica que reciba, preferentemente me refiero a la suma de dinero que deviene de la realización de un trabajo o también puede ser, que además de este, la persona cuente o disponga de un ingreso adicional como ser la renta de un inmueble que mantiene alquilado, con el consumo que efectúa. Aunque esta última situación, tal cual, no se da en las empresas, estas capaz pueden obtener un ingreso adicional de la explotación de algún bien que posean y usarlo para aumentar el nivel de ahorros de las mismas. Por ejemplo, un negocio que vende antigüedades, también puede encontrar un extra a través del alquiler de sus productos.

Pero, de forma clara y obvia, la capacidad de ahorro dependerá en gran y absoluta medida de lo que la persona reciba como ingreso, ya que si su ingreso es inferior a lo que se considera canasta básica, seguramente, esa persona no tendrá capacidad para el mismo, ni para pensar remotamente en él, lamentablemente. El ahorro es la base de la fortuna, sostiene el antiguo proverbio, por lo cual, sin dudas, la posibilidad de generar un acúmulo de riquezas se fundamenta, antes que nada, en el ingreso y, en menor medida, en el volumen de egresos de una persona o un hogar.

En tanto, al ahorro se lo puede clasificar en dos grandes tipos, el ahorro privado y el ahorro público. Y aunque sea un poco obvio, igual van las aclaraciones porque este es nuestro menester en Definición ABC: el privado es aquel que realizan las personas individualmente, o a un nivel más grande, las organizaciones privadas como las empresas y las familias. Como contrapartida, el ahorro público únicamente es tarea del estado en sus tres niveles de gobierno (nacional o federal, provincial o estadual, municipal) y se debe, en mayor medida, a los impuestos que se le cobran a los habitantes de cada nación. Entonces, en un caso ideal (porque también lamentablemente existen los reales…), si el Estado hace todos los deberes bien, con ese ahorro que se denomina en términos macroeconómicos superávit fiscal, podrá construir escuelas, caminos, hospitales y brindarle asistencia a aquellos que más lo necesitan, pero si no lo hace padecerá lo que se conoce como “el cuco” de cualquier economía: el déficit fiscal, en el cual el gasto público supera a la capacidad de ahorro.

Claro está que el ahorro de una nación, que supone la suma del ahorro público y el privado, dependerá además de las políticas económicas que el gobierno de turno implemente para que éste crezca; si las cosas no se hacen bien, serán estas las responsables de un fracaso en este aspecto. Los procesos de administración deficiente o incluso fraudulenta desembocan en grandes crisis económicas, en las cuales la falta de ahorro en los denominados “fondos anticíclicos” provoca la imposibilidad de financiar gastos corrientes, como el pago de salarios o el mantenimiento de las denominadas cadenas de pago. De este modo, en situaciones de esa índole, se observa desvalorización de la moneda, inflación, falta de abastecimiento de recursos básicos (alimentos, medicamentos) y acaso la peor de las consecuencias de la ausencia de ahorro: la falta de confianza.

Por ejemplo, un caso concreto de las malas políticas lo podemos encontrar en la Argentina, luego de la crisis político económica que padeció el país hacia finales del año 2001 y que terminó con un “corralito financiero”, en el cual los ahorros de muchísimos argentinos quedaron atrapados e inmovilizados. Esta suerte de confiscación de fondos privados fue el detonante de una situación posterior de nula confiabilidad en el sistema financiero y en el Estado, que provocó que la gente no depositara un peso más en los bancos y, lo que es aún peor, que haya llevado sus ahorros a otra nación que le ofrecía mayor seguridad en este sentido.

 

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